NORMAL-CINCO

AYOTZINAPA.- Cuando la mirada de Diego se encontró con la frase: “Bienvenido a lo que no tiene inicio, bienvenido a lo que no tiene fin, unos lo llaman necedad, nosotros lo llamamos esperanza”, su conciencia se transformó y supo que en la Normal Rural de Ayotzinapa había otra ideología. Ahí nadie decide individualmente, todo es en colectivo y lo imposible para los demás, para estos estudiantes, por muy utópico que parezca, se puede lograr.

Esa filosofía le ha ganado fama a la escuela de ser semillero de activistas, con la única posibilidad de movilidad social, incluso, de formar grupos políticos y hasta con instrucción guerrillera, pero lo más importante: representa la única opción de algunos campesinos para salir de la pobreza.

Sin embargo, también partidos políticos, los gobiernos federal y estatal —incluido el narco— han logrado infiltrar a personas para conocer de cerca el pensamiento crítico y hasta para desestabilizar a algún movimiento incipiente, revelan un ex guerrillero y un ex líder de la federación estudiantil. Tampoco han faltado los padrinazgos políticos en algunas de las generaciones.

Diego entró al internado, creado en 1926, no por su buen promedio, sino porque pasó la semana de adaptación impuesta por el Comité Estudiantil Ricardo Flores Magón. En los días de adiestramiento, los aspirantes deben realizan trabajos pesados, como realizar caminatas largas, comer cebollas y ajos, aguantar el frío de la noche sin abrigo; todo, para demostrar las cualidades de un excelente maestro rural, que además de dar clases, ayudará en las comunidades apartadas. Aquí no importan mucho los exámenes de aceptación formulados por la Secretaría de Educación Guerrero (SEG).

La pobreza es una condición para cualquier aspirante que quiera vivir cuatro años en el internado que alberga a poco más de 500 alumnos. Las clases se dividen en la educación formal con las carreras de Educación Primaria, Física y Bilingüe, hasta lecciones de adoctrinamiento político del Comité estudiantil, que incluye lecturas de socialistas como Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung, Ho Chi Minh… A ellos los conocen casi de memoria.

Sin embargo, el pensamiento crítico que durante tres años logra abstraer a la mayoría de jóvenes —donde ponderan las ideas socialistas— da un vuelco cada que llegan a cuarto grado, pues entregan un pliego petitorio a la SEG, en donde su exigencia principal es ingresar de lleno al sistema que critican: una plaza de docente y, una vez ahí, difícilmente encabezan otro movimiento de cambio. Ya al frente de un grupo escolar, su contribución consiste en inculcar el pensamiento colectivo a sus alumnos.

Pero desde que las normales rurales fueron pensadas por el entonces secretario de Educación, José Vasconcelos, en 1922, la organización y el adoctrinamiento ideológico ha sido el mismo. La Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) es la organización más numerosa que ha habido en México; llegó a aglutinar a 39 normales rurales en el país, que a la fecha son 16, pues las han ido cerrando.

En ese entonces Vasconcelos formó misiones culturales que permitían a los estudiantes acceder a la educación en las zonas rurales, una de las victorias de la Revolución Mexicana. Pero fue con el presidente Lázaro Cárdenas cuando el apoyo se dio de manera contundente.

También esas escuelas fueron clave para que organizaciones guerrilleras reclutaran a jóvenes, para que maestros rurales como Arturo Gámiz, de Chihuahua, crearan asociaciones como el Grupo Guerrillero del Pueblo en 1963, o como de Lucio Cabañas —egresado de Ayotzinapa— formara el Partido de Los Pobres, cuyo emblema sigue presente en los normalistas guerrerenses.

Represión e infiltrados

En el caso de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, al menos se han registrado tres casos de represión: en 2007 cuando varios jóvenes recibieron una golpiza por parte de policías; la muerte de dos normalistas, el 12 de diciembre de 2011, al ser alcanzados por el fuego cruzado de policías ministeriales y federales, en la Autopista del Sol, cuando pretendían desalojar a los estudiantes que protestaban para exigir clases, pues sus maestros mantenían un paro, y la masacre del 26 y 27 de septiembre en Iguala, donde murieron tres normalistas, un integrante del equipo de futbol de Los Avispones, el chofer de este grupo, y una ciudadana que viajaba en un taxi; además de la desaparición de 43 estudiantes más.

Pero no todo en Ayotzinapa es lucha combativa. Los normalistas han detectado a decenas de infiltrados, incluso hasta en la dirigencia estudiantil. También ha pasado, por ejemplo, que en los comités pro clausura, ya en el último año escolar, los normalistas organizan la ceremonia con padrinazgos de políticos a quienes criticaban. El último caso fue el de la generación 2010- 2014 que recibió regalos del asesor y sobrino del ex gobernador Ángel Aguirre, Ernesto Aguirre Gutiérrez, y de la titular de la Secretaría de Educación, Silvia Romero.

Diego acepta que hay infiltrados, desde algún partido político interesado en desestabilizar a la normal rural hasta “recomendados” de la SEG, de alguna Secretaría de Gobierno, del Ejército, de los gobiernos federal y estatal, señala. Esa gente prepara bien a los estudiantes para que toleren la semana de adaptación; hasta han llegado a formar parte del Comité Estudiantil.

La razón es simple, dice, “al gobierno no le convienen maestros con pensamiento crítico, que llamen con sus ideas a otras personas a pensar diferente”.

Diego Castro Mejía ingresó a Ayotzinapa, tras cursar dos años de preparatoria en el municipio de Cuautepec, en la Costa Chica, y su transformación en la normal fue tal, que alcanzó el cargo de más responsabilidad dentro de la estructura organizativa de la normal rural: fue secretario general de la federación.

El ahora profesor, que sigue en espera de que le den una plaza y forma parte del Frente Único de Normales Públicas del estado de Guerrero (FUNPEG), recuerda cada mural de su escuela y las instalaciones del internado, donde le dieron alojo a los familiares de 43 normalistas desaparecidos; con esas acciones, defiende, es donde egresados y estudiantes deben demostrar su humanidad.

Piensa en cada uno de los jóvenes y siente impotencia. Ese sentimiento de empatía se le ha grabado al ver casos como el de Mario, un señor de 56 años, de oficio hojalatero, que espera aún ver a su hijo César Manuel; encabeza movilizaciones, pero a 35 días de los hechos, lo hace tomando suero, porque se está enfermando de tristeza.

Siente el dolor de los padres de César como suyo, porque vienen de la misma mata: de comunidades pobres, donde lo que hacen falta son oportunidades.

Los normalistas de Ayotzinapa, explica Diego, pueden haber cometido muchos errores, puede que haya habido infiltrados, pero debe ser una obligación sentirnos indignados, ¿no?, cuestiona.

“Atrapados en los 60 y 70”

Fernando Pineda Ochoa mueve mucho las manos y hace gestos de sorpresa cuando habla de las diferencias y similitudes entre las décadas de los 60 y 70, cuando había un boom de movimientos guerrilleros en América Latina, con la época actual de los normalistas.

Abre sus ojos rasgados más de la cuenta y señala que cuando los normalistas repiten en sus marchas: ¡Aleeerta, Aleerta, Alerta que camina… la lucha guerrillera por América Latina”, se molesta porque: “¡Esos muchachos se quedaron en el pasado; desconocen la historia”.

‘El Gallo’, como lo apodaron desde que estaba en la guerrilla, ingresó en 1968 al Movimiento Acción Revolucionaria (MAR). Después de recibir entrenamiento político-militar en Corea del Norte, realizó varias acciones en México: saqueo de bancos, secuestro a políticos, empresarios, robos a tiendas, todo para comprar armamento e intentar derribar al sistema político de entonces, que para nada ha cambiado, según cuenta el sobreviviente de torturas, quien pasó siete años en la cárcel de Lecumberri e “inauguró” con otros compañeros de lucha el Reclusorio Norte.

En opinión del catedrático e investigador de la Unidad Académica de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Guerrero, en Ayotzinapa no sólo hay infiltrados del Ejército, el gobierno, instituciones de inteligencia, sino también de grupos del narcotráfico: si en los 60 o 70 las normales rurales eran una opción para reclutar a jóvenes para hacerlos guerrilleros, “por qué los narcotraficantes no habrían de intentar cooptarlos” para hacerlos sicarios, por ejemplo. Al final de cuentas, considera, las condiciones de pobreza pueden llevar a cualquiera de los dos extremos.

Sabe mejor que nadie lo que es vivir días difíciles y por eso, con cabeza fría, entiende pero critica a los muchachos, cuyo discurso se asemeja al que él se aprendió hace cinco décadas; los tiempos cambiaron, el mal gobierno no, en eso está de acuerdo con los jóvenes, pero considera que imposible buscar un a lucha armada sin organización ni estrategia; “los aplastarían”, alerta.

No obstante, admite que sí hay posibilidades de una insurrección de un colectivo, pues desde su perspectiva, quedó al descubierto la colusión entre narcotráfico y gobierno en la masacre de Iguala, el 26 de septiembre pasado.

Cree que uno de los cambios en la normal se pueden dar si los jóvenes estudian más, refrescan su discurso y cuidan a quienes ingresan, porque los infiltrados han dañado la imagen de una escuela que inició con fines nobles.

Y en el rendimiento académico podría tener razón, pues, como ejemplo, en los últimos exámenes de oposición para plazas docentes, los egresados de Ayotzinapa, según la SEG, obtuvieron puntajes bajos de aprovechamiento. Apenas el 20 de octubre, el ahora gobernador con licencia, Ángel Aguirre, entregó en una tercera etapa 193 nombramientos a de nueve instituciones públicas y privadas, de unas 600 plazas entregadas aprobaron el Concurso Nacional. (El Universal)

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