Por Jaime GARCIA CHAVEZ./27 de Septiembre./

A muchos mexicanos aquí en nuestra tierra y también a los que viven en Estados Unidos, los avergonzó el discurso de Felipe Calderón durante la apertura de la reciente Asamblea General de la ONU. No es para menos. Realmente ese sentimiento debe traducirse en coraje y no en una simple expresión de quien quiere esconder a un representante porque lo considera indigno; o sea, no hay por qué sentir lo que se llama la “vergüenza ajena”. México, desde la Independencia hasta nuestros días, ha contribuido con valiosas aportaciones al debate mundial, dando primacía a principios como la no intervención, la autodeterminación de los pueblos, la solución pacífica de los conflictos, el apoyo militante a pueblos que han caído en aciagos o complicadísimos momentos (Etiopía, España, Cuba, Chile), fortalecimiento del asilo político a perseguidos en sus propios países como lo ejemplifica el haber convertido nuestro país en la casa de León Trotski, los republicanos españoles transterrados, los chilenos, argentinos y uruguayos que al salir de sus patrias vieron a la distancia los horrores del genocidio. Todo esto lo ha olvidado un presidente entreguista a los Estados Unidos, a grado tal que evade dar el apoyo a la petición de Palestina para ingresar con plenos derechos al más alto organismo internacional. Calderón habla de los muertos del narco y de la tiranía y soslaya el racismo y los crímenes de lesa humanidad sufridos por este país que fue despojado de sus tierras. En lugar de abonar en favor del Derecho internacional y de la mejor tradición de la política exterior mexicana, Calderón se comporta falaz y también esquizoide.

Su discurso neoyorkino nos da, además, la oportunidad de reflexionar sobre nuestros graves problemas a la luz de la historia y la política comparadas. Para mí la premisa mayor de esta crítica es que el crimen no sólo se mide por el número de los muertos. Sin duda cuando el derecho a la vida se menoscaba, su contabilidad se convierte en el más escalofriante de los datos. No sólo con largueza en los argumentos podemos afirmar que la criminalidad también tiene otros indicadores y otras estadísticas. En los treinta años de predominio de las políticas neoliberales, el egoísmo de los poderosos, sus políticas depredatorias, sus modelos de acumulación extrema, han generado muchas más muertes que algunas de las guerras más famosas que se han abatido sobre el planeta. Pero en esencia las tiranías estudiadas hasta ahora no desmienten el haber de cifras millonarias en pérdida de vidas. Las tiranías totalitarias del nazismo, el estalinismo, el jemer rojo de Pol Pot, para referirme a tres de los ejemplos más estudiados, presentan cifras no de miles sino de millones de seres humanos que no tuvieron derecho a una vida digna y que en algún momento se les privó de ella en un ejercicio sostenido de barbarie de cuya historia dan cuenta los horrores de los campos de concentración, el exterminio y los desplazamientos obligados de pueblos enteros. Los argumentos de Calderón ni siquiera se sostienen a la luz de los hechos históricos. Pero ciertamente la historia no es su fuerte, como tampoco le son las lecciones que nos lega.

Decir hoy en una institución donde reina la especialidad sobre los grandes problemas de los estados que es el crimen organizado el que está matando más gente y jóvenes que todos los regímenes dictatoriales juntos, es una mentira. Lo que hace es anunciar otra tiranía. Presupone la existencia de una guerra entre cárteles. La premisa es, según su afirmaciones, que los operadores de El Chapo Guzmán son unos felones que no le dejan títere con cabeza a los de La Línea; que Los Zetas hacen esto y la Familia Michoacana aquello otro, y que el Estado mexicano está más fuerte que la delincuencia. Sostengo que ha llegado el tiempo que dejemos estas falacias de lado y nos adentremos en la comprensión de la guerra como un proceso mucho más complejo en el que hay que valorar la primacía de intereses de los Estados Unidos, el negro papel de nuestras fuerzas armadas, el por qué esencial del tráfico de armas en la versión Rápido y furioso, el lavado de dinero y la acumulación del capital narco en las altas finanzas del imperio. Estos son los temas y no los huarachudos e ignorantes capos de Badiraguato y otras regiones. Continuar con el enfoque de Calderón es tanto como darle simetría exacta al jefe de los Rockefeller o a Timothy F. Geithner, secretario del Tesoro de los Estados Unidos, con El Mayo Zambada y Juan José Esparragoza, El Azul, y eso no se sostiene, de ninguna manera, y menos como argumento para asignarles los más de 40 mil muertos que registra la guerra calderoniana.

La naturaleza de esta guerra hay que buscarla con hondura, con instrumentos serios aportados por las ciencias sociales y no en las voces de los actuales gobernantes que la ocultan, la manipulan, la maquillan y dejan de lado el tratamiento que se le está dando a nuestras dos fronteras, de manera criminal a la que nos une con el istmo centroamericano donde la bandera de la muerte se ha desplegado para aligerarle a los Estados Unidos la carga migratoria que intenta cruzar por nuestro territorio. Muchos conceptos se pretenden para la interpretación (guerra irregular, guerra híbrida, etc.), pero ya asomó la oreja un modelo reiterado en el que lo regular se conjuga con lo irregular para presentar el producto del genocidio y la limpieza social actuales. Los paramilitares, por ejemplo. Encarar este reto desde la posición de un Estado como el mexicano será un difícil e insoslayable trabajo, el cual Calderón simplifica con sus estrechos paralelismos históricos.

Que los delincuentes matan, claro que matan. El gran problema es: qué hace el Estado. Al inicio de este baño de sangre cuestioné el discurso oficial que simplificaba las cosas con la frase: “los delincuentes se están matando entre sí”, y llamé a esto una especie de darwinismo que privilegia como explicación la selección natural y la supervivencia del más fuerte. Lo dije haciendo salvedad de que este darwinismo era una vulgarización de la obra del fundador de la biología moderna. El Estado parecía confesar, haciendo gala de su calidad de institución mínima, que el crimen se estaba autoregulando, pero la pregunta surgía inevitable: ¿El papel del Estado es recoger muertos, hacer autopsias, levantar actas de defunción y, cuando el caso lo amerita, publicar condolencias? Nunca una realidad demostró lo pernicioso que es hacer del Estado una simple entelequia. Pero Calderón es tenaz para continuar en el error, o mejor dicho, contumaz en la defensa de sus intereses y su servidumbre a los Estados Unidos, acicalada con críticas de muy bajo rigor y poca credibilidad y hasta convenidas con Washington. Su iniciativa para un nuevo Código de Procedimientos Penales lo presentan esquizoide, pues aparentando denostar las tiranías allá en Nueva York, las fortalece aquí con la pretensión de actuar al margen del Derecho y sin la intervención de los tribunales garantes de los derechos humanos.

Ciertamente ya nos acercamos a los guarismos de algunos genocidios el salvadoreño, por ejemplo, pero quienes padecieron la barbarie en tierras como ésta en grueso número sabían que el riesgo de perder la vida era una posibilidad alentada por un mañana mejor; esto cuando se encaraba la dictadura con las armas en la mano y también había no pocos inocentes, como en toda guerra, que pusieron su cuota de sangre. La cifra de muertos durante la guerra civil en El Salvador, entre 1979 y 1992 fue de alrededor de 75 mil, y se estima que el 80 por ciento de las víctimas eran civiles, según el informe de la Comisión de la Verdad creada en 1993 para tal caso. Otra guerra genocida y multiétnica, como la de la actual Bosnia-Herzegovina, arrojó, según cifras oficiales, unos 200 mil muertos; poco más de la mitad eran civiles, sin contar al más de 1 millón 300 mil personas refugiadas y exiliadas. Ni en forma, ni en circunstancia, ni en número valen las semejanzas calderonianas.

En nuestra revolución hubo un gran aporte de sangre, y es ejemplo para no ir tan lejos. Muchos de los que murieron combatiendo la usurpación de Huerta sabían que la posibilidad real de encontrar la muerte estaba más cerca que nunca, pero abrigaban un ideal aunque no lo entendieran a plenitud. Aquí, ante el colapso del Estado, el sicario, el expoliador, el ratero, el violador, el militar abusón, el federal extorsionador, sabe que hay un río revuelto y depreda y mata, y en no pocas ocasiones lo hace manipulado por una discreta estrategia de los beneficiarios de esta guerra, que sí saben de qué se trata.

Pero Calderón ve el crimen nada más como muerte, como ejecutados, como cifra. Y enmascara la guerra para que no veamos precisamente la criminalidad que significa la ausencia de un Estado con responsabilidad y servil a la geopolítica del crimen norteamericano.

En un mundo en el que el concepto “dignidad humana” se ha puesto a prueba, para privar de esta calidad a los agentes de la barbarie, en el que la transparencia y la rendición de cuentas están en retroceso frente a la razón de Estado, en el que los derechos humanos se ponen en entredicho para dar pábulo al “mal menor” que justifica la tortura como mecanismo de investigación penal, todavía hay a quienes la guerra y el asesinato les representan una solución. Cuando leí el escalofriante y abrumador libro Las benévolas, del joven Jonathan Littel, entendí algo que parece obvio: “yo no soy de esos hombres”, pero agrego: tampoco quiero que lo sean los gobernantes de mi país. Qué duro es tener que reconocer que hoy la guerra y el asesinato sólo son una pregunta sin respuesta. Y más grave y doloroso es que cuando alguien grita en la obscuridad sobre este flagelo nadie contesta.


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