HectorPor Isaías Brito

De entre la serie de disparates que el empresario cervecero Federico De la Vega soltó el viernes próximo pasado mientras intentaba el imposible de vestir de honorabilidad  al diputado Teto Murgia, para hacerlo candidateable  a la contienda por la gubernatura del Estado de Chihuahua, en las próximas elecciones, está la palabra RENUNCIA.

Renunciar  es ceder…. ceder un derecho en beneficio de otros… o ceder en una postura a la luz de la contundencia de los argumentos del adversario.
Renunciar  es  también dejar de ejercer un derecho cuando resulta evidente que no es tal, sino una costumbre que consagra un vicio. Ejemplo de este tipo merecimientos bastardos era el drecho de pernada, de vigencia porfiriana.

Por otra parte, abandonar uina función, abdicar de un deber  es desertar. Lo que dice Federico que en su momento le pidió al alcalde de Ciudad Juárez, era una deserción. Pedirle a alguien su renuncia es en política el eufemismo con el que se despide a alguien de su posición… la renuncia es un acto voluntario nacido de  la convicción de que, renunciando, se abdica de un provecho personal en aras del bien común. Federico no puede hacer dimitir a nadie de un puesto público, como si lo puede hacer de sus empresas… al querer cesar a alguien con el eufemismo de la renuncia, Don federico confunde a la administración pública con su negocio de venta de cerveza.

Hechas las anteriores distinciones podremos ahora rescatar la palabra Renuncia, del altisonante discurso de Federico de la Vega, ubicándolo en el sentido que  le corresponde….de esa manera podremos decir que aquella noche no todo se perdió.

Pues bien, si renunciar es abandonar algo ( una postura, una idea, un etilo de vida) que hasta ahora se ha considerado de exclusiva propiedad, tiempo es de que Don Federico y los que son como él renuncien a la idea de que pueden manejar los destinos de una comunidad tan solo porque detentan un poder económico.

Renunciar también deben a la idea de falsa honorabilidad que se sigue del hecho de ser ricos a costa del fomento del vicio de los deméas… hacer dinero manteniendo en niveles muy altos el consumo de cerveza no es precisamente lo que mas enaltece a un comerciante o industrial…ni ahogar en licor sus penas es lo que mas necesita una comunidad. Es tiempo pues, de que Don Federico y su gente renuncien al porfiriano Derecho de Pernada, que creen tener sobre la ciudad.

Personas con una idea tan equivocada de la cosa pública como Don Federico de la Vega, deben de renunciar a querer mandar en las instituciones públicas como disponen en sus empresas… si renuncian a su error   les va a quedar claro que no es posible pedir la renuncia de un alcalde o de un equipo de administración gubernamental de la misma forma que se le pide a un gerente de supermercado o a un repartidor de cerveza…

Si las cosas no le van bien en sus negocios al magnate cervecero, bien puede suspender a un gerente…pero no a un alcalde…ni siquiera al más humilde servidor público en el organigrama de un equipo de gobierno.

Pero si un gerente le falla, ni siquiera eso le daría derecho a llamar a todo su equipo inutil, menos aóbn le es lícito disoponer del prstigio de todas y cada una de las personas (su yerno incluido) en la actual administración. Don Federico debe de renunciar al ejercicio de la arbitrariedad como si fuera deercho de linaje.

Imposibilitado como está el empresario Cervecero de tener elementos para hacer una evaluación tan negativa del trabajo de la gente del municipio (más de cinco mil personas), sus declaraciones son las de alguien que abusó del consumo de alcohol…a tan perniciosa costumbre también deb e de renunciar el empresario.

Puede, como ciudadano, organizar la caida de un gobierno mediante el uso de la ley. No puede, aunque quiera, hacerlo a fuerza de gritos  ni mediante el aglutinamiento de complicidades. Puede el ciudadano De la Vega no estar de acuerdo con las acciones de gobierno…no puede, el magnate cervecero de la Vega imponer un cambio viciando el proceso electoral desde ahora . A eso debe de renunciar… a tan peregrinas puntadas deben de abdicar quienes le hacen coro o quien, como marionetas, se colocan en su mano para gesticular con voz ajena, en olvido de su propia y muy cercana historia.

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