Por Sergio Armendáriz./

La actitud en la vida resulta siempre fundamental para definir el tipo de existencia que se desea y decide tener. Es realmente reconfortante y a la vez conmovedor, generando envidia de la buena, observar lo acontecido en Chile con los ya conocidos como “mineros del rescate” en el país andino, hermanos latinoamericanos que se encuentran hoy en un estado de júbilo mucho más que legítimo.

El rescate implica para la percepción mexicana un raro sabor agridulce, es sabida la tragedia de la mina de Pasta de Conchos en la cual quedaron sepultados 65 mineros sin posibilidad de contar en ningún momento con la construcción social de una épica que fortaleciera el enflaquecido espíritu nacional, observándose en un tiempo muy breve, la diferencia entre la grandeza del acontecimiento chileno y el esperado fracaso del hecho trágico mexicano.

En el magnífico Editorial de ayer domingo publicada en El Diario de Juárez, se realiza un símil conceptual literario y a la vez realista, girando en torno a la expresión “rescate”, donde se compara de manera analógica el efecto de la actitud y los logros correspondientes al esfuerzo de rescate no solamente ejercidos para salvar a seres humanos sepultados a 700 metros bajo tierra, sino también a aquellas personas que están “sepultadas” bajo el brutal peso del oprobio de una violencia e incapacidad incontenibles en esta trágica Ciudad Juárez.

No existe en el país, en la ciudad, el estado de fortaleza necesario para acometer la lucha titánica de regeneración que se requiere para encarar con posibilidades de éxito pronto, la superación del desafío gigantesco en que nos vemos envueltos actualmente. la patria, chica y grande está hecha jirones; largos años de corrupción, indolencia, indiferencia, pusilanimidad, incredulidad y cinismo galopante, han afectado la capacidad de reacción y respuesta ante semejante adversidad gestada desde mucho tiempo atrás.

Hoy observamos, especialmente ante la coyuntura del “Todos somos Juárez”, una escena grotesca pero carente de la grandeza trágica del ánimo de un rescate que convertiría en ciudad heroica a esta frontera histórica donde vivimos. No existe el soplo prodigioso que empuja al sujeto a convertir el drama en gloria, el problema en oportunidad. Falta “pasta” de heroicidad, lo que tenemos como indeseable metáfora aplastante es la Pasta de Conchos.

El estado de desilusión es brutal, los años de transición democrática solamente parecen haber dejado un sabor amargo a traición, la voracidad electorera y una clase política parasitaria, “mafiosada”, ha exterminado el entusiasmo  de grandeza prometido.

Es ingenuo pensar que la inversión en armas, policías, ministerios públicos o militares, sea la estrategia y el camino virtuoso de salida de la crisis. El sistema para transformarse pasa por estados mayores de inteligencia y superación de ambiciones sin escrúpulos que se han aparejado enfermizamente a la a la democratización y su cara visible en la alternancia sin efectiva transición.

Impera la suerte dudosa de subordinarse a la respectiva y facciosa marca del amo; se trata de trepar servilmente al lado del cacique o dueño del destino gremial, burocrático o partidista, arrastrando la dignidad por cualquier pantano de oportunidad lucrativa, no tanto de elevar los niveles de ciudadanía a partir de la inteligencia reflexiva orientada a la democracia participativa que tanto se cacarea en los tiempos de búsqueda del voto, el interminable tiempo electorero que respiramos ya hasta el hartazgo.

En la imagen literaria, Ciudad Juárez ha perdido el emblema inspirativo del Quijote, asumiendo como premisa de vida a un Panza asimilado a un realismo no solamente ramplonamente útil, sino también sazonado por la aceptación de la violencia considerada como el atajo de fortuna inescapable en una sociedad que le ha cancelado a su juventud el acceso no únicamente al desarrollo, sino fatídicamente también a la esperanza; piénsese en esa escalofriante cifra de 75 mil ni-nis que habitan en Ciudad Juárez.

El tiempo mexicano de hoy carece de la concepción de una vida heroica. Lo que sí se tiene es un acomodo cínico en la existencia sustentada en la actitud de mafiosidad, de lo demás se encargan la pobreza brutal, la deficiente educación y el analfabetismo cultural. Héroe contra mafioso, ese es el dilema.

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