Por Sergio ARMENDÁRIZ./

Estoy convencido de la buena fe que César Duarte Jáquez, el humano nativo de Parral, profesa para con su fundamental compromiso de gobernar al Estado de Chihuahua, en el mismo sentido, su veracidad al afirmarse como un juarense por vocación biográfica; no dudo de la posición de un hombre bien nacido que ha comprometido verbalmente su misma vida para llevar adelante y a buen puerto, la gobernabilidad del estado incendiado de violencia que le tocó administrar en la función trascendente del ejecutivo estatal, lo afirmo esto con toda sinceridad.

Sin embargo, en época de transiciones democráticas inconclusas, el llamado “feuderalismo” –parodia verbal del feudalismo-, ha otorgado tal poder a los gobernadores de los estados, que amenaza con convertirlos en una especie de sucedáneo del viejo presidencialismo mexicano, con toda su repelente carga de abyección, servilismo y por supuesto, la lacra que Octavio Paz vio en el régimen político mexicano, es decir, el patrimonialismo con que se ejerce la responsabilidad pública de gobernar.

Me refiero a un tipo de patrimonialismo que tiene manifestaciones tanto en el orden de lo presupuestal como en lo que respecta a lo propiamente institucional. No es mi propósito ni mi competencia profesional entrar al análisis de lo primero, tema que por lo demás está en el ambiente de manera objetiva, pero que admite interpretaciones y sesgos de abordaje diversos, que por cierto no excluyen posiciones interesadas para llevar agua a molinos de procedencia quizá no demasiado desconocida. Mi objetivo en esta entrega editorial es la de hacer una referencia específica a los rigores y peligros de un esquema patrimonialista y parcial de las instituciones y los poderes que formalmente deberían oxigenar a esta democracia que vivimos y que no acaba de acuerparse socialmente.

Los poderes del Estado, los clásicos Ejecutivo, Legislativo y Judicial, en Chihuahua vienen dando muestras de un rendimiento poco autónomo, un desempeño que no cumple con las características que un sistema democrático exigiría para conservar dinámicamente el vital equilibrio de los poderes que rigen la estructura de una democracia que ha crecido con las taras y malformaciones de un régimen corporativo que se niega a desaparecer  exhibiendo un poder gatopardesco de adaptación que solamente puede provenir de un sustento social que no tiene como pilar básico la auténtica representatividad de los intereses ciudadanos.

Es indeseable que el sistema político tiente a los ejecutivos estatales de hoy para su conversión a una grotesca especie de virreyes, el poder sin contrapesos destroza las sanas intenciones democráticas de hombres que terminan por sucumbir a las tentaciones del culto provinciano a la personalidad. El gobernador del estado no debe convertirse en poderosa víctima de un régimen que lo engaña con la actitud lacayuna tan propia del desarrollo de una sociedad que tiene el camino minado a una democracia republicana. Una víctima que victima al cuerpo social representado.

El ejercicio democrático debe contener los deseos o indulgencias de un personalismo autoritario que aun suponiendo su posible buena fe, por el hecho mismo de su discrecionalidad, contiene el germen de un riesgoso abuso de las instituciones que regulan la cosa pública. Ya lo afirmaba el clásico, la democracia no es la última utopía, el paraíso social prometido por algún mesías para bendecir a este imperfecto y sufrido mundo terrenal, solamente es el menos malo de los sistemas políticos existentes.

Es pernicioso que el poder legislativo en el estado de Chihuahua se convierta en simple caja de resonancia de las visiones partidistas del ejecutivo estatal, convertir y empobrecer al órgano deliberativo por excelencia en una especie de plaza de corifeos destinados a la aprobación corporativa de dictados emanados del poder unipersonal, en cualquiera de los ámbitos de competencia estratégica que le competen a este poder. En ese mismo sentido, el poder judicial no debe ser vejado en escandalera mediática, para mutarse en matriz humillada de parto de chivos expiatorios de oportunidad, exhibido como una guarida de incompetentes.

César Duarte Jáquez, debe ser alertado de que su soledad creciente en palacio, es camino rápido y ruinoso a la condena histórica.

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