no_violenciaPor Mario González Plata./ 2a parte. <>

En esta segunda entrega volvamos a los puntos de vista y el sentido común, también pueden equipararse a problemas de otros órdenes como pueden ser, la aceptación popular del Presidente Calderón en contraste con la del Peje. Sí, por supuesto, ya se sabe que la política también es entretenimiento para beneplácito de la palabra control político.

A este cúmulo de opiniones se pueden incluir las demandas judiciales fundadas o no al “Teto”, a un personaje político local, largo y dicharachero. ¡Cómo me recuerda a aquel Presidente de Ecuador, si no me falla la memoria! ¡Como no acordarse de aquel Presidente que bailaba cumbias y le hacía a la cantada!, su carrera política de éxito en los medios de comunicación fue fugas como lo efímero de un tren al paso de una estación, para finalmente terminar en “el bote”. De su posterior historia, si la hay, casi nadie la conoce.

Coincidencia o no, es una sospecha semejante en su contra y que sólo aparece a los ojos de la luz pública en tiempos electorales, como apareció el fraude de un político local de Chihuahua, personaje de apellido Blanco, o lo que es lo mismo, en tiempos de carnaval ciudadano que a semejanza de una obra de teatro, entretienen al gran público de la república. Para que este espectador de conciencia cívica, tenga cuando menos algo para murmurar o comentar, ya serena o maldiciendo ¡Será o no será! Que la mano peluda de las tropelías persigue como fantasma a este político tan original que hace reír a todo mundo.

Y qué decir de los dichos sobre la enorme incapacidad de los reyes; Gobernador y Alcalde respectivamente, de esta frontera y del Estado.  No se valla a pensar mal de otro Reyes; un amigo muy estimado que por cierto, siendo el mejor operador político no lo quieren en Chihuahua, ¡Vaya usted a saber sobre las razones! Es obvio que no tiene que ver nada con los anteriores, a los cuales se les designa en el decir popular y mayoritario como un perfecto cero a la izquierda, como simples monigotes que sólo ellos mismos creen que gobiernan, creen que fomentan el empleo y proporcionan una seguridad racional y adecuada a la ciudadanía del Estado.

Por eso digo que creen, porque son personajes políticos que no cuentan con una sola idea coherente que pueda esgrimirse a su favor y sobre todo, útil para afrontar las condiciones adversas de la actual crisis económica y política. Por el contrario, uno y otro, por su torpeza se han incrementado las redes de la corrupción y las instituciones gubernamentales del país y en consecuencia, las del Estado de Chihuahua, como es evidente han sido rebasadas, en la medida que fueron penetradas en sus estructuras de acción gubernamental, de acción política en última instancia, la cual se pierde en medio de una avalancha de negociaciones ilícitas, ya sea que provengan de las mafias del narcotráfico y toda la cadena social que se involucra a ellas, o ya de prebendas y negociaciones oscuras entre el poder político y los poderes ahora llamadas fácticos. O puede darse también una triangulación entre ambos poderes, donde se sitúa el narcotráfico como un tercero.

¡No se crea por favor! Esas frases de guerra contra el narcotráfico porque en la realidad no hay tal guerra entre sujetos sociales buenos y malos, entre el orden de gobierno y el desgobierno. Discurso trillado que por lo regular sale de las huestes guerreras, de aquellas que en nuestro caso por efectos sociales del mismo discurso guerrero, de allá del otro lado del Bravo, allá en la tierra de los güeros que los barberos llaman “primos” por aquella cuestión de la cercanía y que estamos condenados a la vecindad y en donde hemos puesto todos los huevos de la canasta.

Pues bien este discurso bravucón que nos envuelve en una guerra ficticia contra fantasmas, es el encargado de crear un terrorismo donde no lo hay, es la paranoia discursiva que oculta y desvía del juicio común del público, el verdadero móvil del problema. No es el narcotráfico al que se debe de combatir ¡O se le combate en realidad! Si esto se cree, estamos verdaderamente equivocados.

El punto de la cuestión, aunque está en nuestras narices, en la corrupción generalizada de todas las instituciones gubernamentales y más, en las que están destinadas a proporcionar seguridad a la ciudadanía en las personas y en sus bienes. La corrupción es lo que se debería combatir.

¡Pero qué le va uno a ser! Así son las cosas y como son así, también desembocan en juicios absolutos del sentido común. ¡Todos son una bola de corruptos y de rateros! ¡Todos son una bola de mentirosos e hipócritas que sólo buscan el provecho personal! ¡Todos son como una turba de haraganes a los cuales fatalmente hay que mantener! Y es cierto, hay decenas de razones en apoyo a tales juicios.

¿Pero y nosotros, no sólo los bebedores de café, sino la gran mayoría de ciudadanos comunes, los que nos encapuchamos en una tradición moralmente correcta, parece que nunca volteamos a vernos? Al parecer encontramos en el concepto de ciudadanía, el fundamento para dar por sentado, que vivimos en el limbo, en un lugar santo y sagrado. Y efectivamente, así es el espacio social del discurso sobre el ciudadano o sobre el hombre moral, como si estuviéramos a salvo de todo el mundanal de la sociedad, de su entramado y redes de corruptelas que se desempeñan en forma habitual, en el mundo de la vida cotidiana.

Nunca reparamos en nuestros dobles lenguajes, lo que quiere decir que nunca nos vemos con otra máscara, sólo nos ensamblamos en una y nos enconchamos en ella, en una máscara de moralinas con las que pretendemos actuar en la vida.

Ello lo digo porque no vivimos en los árboles o en la luna, estamos en medio de todo el traqueteo de la sociedad y de su doble discurso, desde aquí hablamos de honradez y es lo primero que tiramos al bote de la basura, hablamos de justicia y es la primera que se pisotea por la prepotencia del poder político y económico;

O simplemente, por que los ciudadanos no hacen nada y se cruzan de brazos, o mejor dicho, porque no hacemos nada y resistimos estoicamente con un discurso moral de “servidumbre voluntaria”, discurso de entretenimiento con el que nos vendamos los ojos para no ver donde pisamos y al mismo tiempo, nos tapamos las orejas para no escuchar lamentos o quejidos.

Así es el ambiente donde se absorbe café desmesuradamente, en las mañanas por lo regular, tiene un aroma y sabor agradable, digamos que aceptable al olfato y al paladar, cosa rara al que se sirven por las noches.

De cualquier modo, este establecimiento con sillas y mesas ocupadas por variedad de personalidades, conforman para muchos el nuevo espacio social de adultos y viejos, el cual sustituyó por cierto, al viejo barrio de la tiendita de la esquina, al de abarrotes por supuesto donde paraban y siguen parando los vagos y los no tan vagos, no se piense en la clandestinidad de las que expenden otro tipo de productos.

Mesas como en la historias del cómic de Toby, donde los personajes al parecer, no se cansan de los procederes monótonos, a volver a contar lo mismo una y otra vez hasta que se vuelve una costumbre, una tradición y herencia reforzada por la conducta de aquellas tienditas de barrio. Herencia por cierto, que arranca de un tiempo impreciso y lejano, de un pasado que ya no es y sin embargo adviene en la presencia de un café en forma de diálogo, de una discusión o sencillamente, de una conversación aunque en su mayor parte, se hable de cuestiones inverosímiles y triviales. Nos vemos en la próxima, seguirá….

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