Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ./19 de Octubre./

En la Historia, ¿llegó demasiado tarde? Sostengo que no. Lo vi vigoroso, con profunda cultura, con la experiencia de real hacedor de la Historia, coherente, apasionado, convencido de sus ideas y su obra y, lo más importante en un buen político, de buen humor. Hablo de Mijail Gorbachov, el último personaje en ocupar el poder que inauguró Lenin y continuaron Stalin, Jrushchov –de alguna manera su antecesor– y Breshnev. Al verlo hablar pensé que él pudo prolongar, a un altísimo costo humano, el largo invierno breshneviano con tan sólo montarse en el poder totalitario del Partido Comunista de la Unión Soviética y su poderío militar e inimaginablemente destructivo por la acumulación del arsenal nuclear. Prefirió otra senda, y en la antesala de asumir sus poderes casi absolutos no regateó consultar la posibilidad con su querida Raisa, que lejos de inducirlo al trono le formuló una pregunta impensable: ¿Te hace falta eso? Y la respuesta la encontró en su calidad de miembro más joven del politburó. Estaba decidido a poner en práctica sus sueños. Se trata de una de las historias más complejas del corto siglo XX que inició al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914 y terminó con la caída del muro de Berlín en 1989, justo cuando en todo el planeta se repensaba el mundo que surgió con la Revolución Francesa.

Gorbachov nació humilde en una familia campesina en 1931. Stalin ya era el hombre fuerte de la URSS y pasó por la dolorosa experiencia de la invasión de su país por la Alemania nazi. La experiencia de la guerra con todos sus horrores y los tonos patrióticos que asumió y que hicieron de la Unión Soviética un país vencedor no se borraron jamás. Mal había empezado la década de los 50, ingresa al único partido –que perderá a Stalin por su muerte–, y seguramente se estremece, aún joven, por el discurso del 25 de febrero de 1956 en el que Jrushchov rompe con el pasado, en el famoso XX Congreso que pone al descubierto el culto a la personalidad del dictador totalitario y los excesos de inhumanidad que trajo consigo. Probablemente de entonces data un sentimiento de fracaso, de que los intentos por cambiar desde adentro un régimen totalitario no tenían puerto seguro. Pero el optimismo no murió, se reposó, se comprendió y jamás se abandonó. Pasaron muchos años para que llegara el momento en que Gorbachov quedara en el centro de ese poder y desde ahí intentar transformarlo.

Cuando leemos obras de Historia, y quiero dejar claro que ni remotamente soy un experto en ella, siempre nos queda la duda de cómo se aborda. Hace unos cuantos días me encontré con un crítico de los historiadores que se erigen en jueces del pasado, de lo que debió haber sido y quién cometió la felonía de impedirlo. Recordándolo reclamamos tanto a los adversarios como a los partidarios de Gorbachov, y digo que lo importante es que esclarezcan quién fue, en su tiempo, en su especificidad.

No que metan a los lectores en los vericuetos de su psicología y sus faltas, o de sus virtudes. Eso podemos hacerlo los que no cultivamos la disciplina. Curándome en salud puedo decir los muchos años de guerra que tuvo la primera patria del socialismo, de los millones de muertos con que labró su victoria en la Segunda Guerra Mundial y cómo repercutieron en el endurecimiento del régimen político fundado por los bolcheviques y particularmente por Lenin. Pero a la vez también afirmo que esos años dejan una lección que ha tenido un alto costo: la sordera de los grandes líderes eroga grandes costos para la humanidad, las naciones y los estados.

Los bolcheviques condenaron la democracia en favor de la dictadura. A la postre, la gran polémica la ganó el vilipendiado Karl Kautsky, contra el que se ensañaron los comunistas de todo el mundo. Aparentaron respetar la opinión de Rosa Luxemburgo porque fue asesinada prácticamente al mismo tiempo que se convertía en una puntillosa y erudita crítica de la Revolución Rusa y en particular del régimen soviético que se venía levantando: “Es cierto que toda institución democrática tiene sus límites y sus ausencias, hecho que la mancomuna a la totalidad de las instituciones humanas. Pero el remedio inventado por Trotski y Lenin, la supresión de la democracia en general, es aún peor que el mal que se quiere evitar: sofoca, en efecto, la fuente viva de la que únicamente pueden surgir las correcciones de las insuficiencias congénitas a las instituciones sociales, una vida política activa, libre y enérgica de las más amplias masas”. (La Revolución Rusa, editorial Controversia, Bogotá, Colombia, 1973, p. 54). Estas palabras datan justo del momento mismo en el que se proscribían los partidos, salvo el comunista, se instauraba la policía política, se asesinaba a los anarquistas, se inauguraba el terror y se cancelaban las posibilidades de una Rusia consejista y democrática.

Cuando la Perestroika llegó, el asunto tenía una más grande complejidad: toda la Unión estaba abocada a ganar la carrera armamentista, a consolidar el poderío nuclear, a preservar la Guerra Fría como una política de chantajes que mantuvo al mundo en la bipolaridad; la cultura se aletargó, la ciencia se retrajo, se había aplastado primero a Hungría y luego a la Checoslovaquia de la Primavera de Praga y de Dubcek. La guerra contra Afganistán fue lastimosa y el Gulag, los campos de concentración, se habían prolongado de la Alemania nazi a la Unión Soviética. La pobreza material era evidente en los hospitales. No desconozco que en esa misma patria, como dijo una gran poeta, se decía que lo más importante eran las personas, siempre las personas, pero las personas no estaban. Había contrastes: el Sputnik, Gagarín, Yevtushenko y Pasternak, Grossman, Sajarov y los disidentes y perseguidos políticos a los que Gorbachov liberó tan pronto pudo. Y de todas maneras el invierno había ocupado todo el espacio –la vida carecía de densidad espiritual– y el totalitarismo había dañado estructuralmente no tan sólo a un Estado multinacional asentado en 22 millones de kilómetros cuadrados. El daño se había extendido a la mal llamada República Democrática de Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría, Rumania y otros países del Este. Por si fuera poco, Breshnev se eternizó en el poder y murió decrépito en él.

A esa Unión llegó Gorbachov como jefe del Partido y por ende del poderoso Estado. En su visita a Ciudad Juárez nos narró su viaje. Sintetizó en una hora lo que está contenido en libros y más libros propios y ajenos y que se resumen en dos palabras que cobraron notoriedad en los años 80 y de difícil traducción al castellano: Perestroika y glasnot. Entendiendo por la primera una reestructuración completa del sistema que ya no admitía cirugía menor. Gorbachov nos dijo en Juárez: “En un principio, tratamos de reparar el sistema antiguo, pero entendimos que lo mejor era reemplazarlo”. La segunda sintetizó el anhelo de ser libre: tener derechos políticos, reconocer la diversidad y la pluralidad, capacidad garantizada para expresar el pensamiento y crear en todos los órdenes de la vida espiritual, y algo verdaderamente explosivo en un estado multinacional: la libertad de los pueblos para autodeterminarse con entera soberanía. La Unión Soviética era un hervidero de naciones, algunas dominadas por los viejos zares, otras por los soviéticos después de la Segunda Guerra Mundial. A todas Gorbachov les dijo que habían llegado hacía mucho tiempo a la mayoría de edad, que decidieran por si mismas. Dinamita pura, dinamita que no tardó en explotar en toda la Europa del Este: ejecutando a los dictadores como Ceaucescu, pero demoliendo emblemáticamente y para siempre el muro de Berlín, que trajo la reunificación de Alemania, y el ocaso de corruptos y criminales dirigentes políticos.

Gorbachov alentó este proceso, y si bien hubiera querido cosechar alguno de sus logros, su carrera la truncó un golpe militar que en sí mismo demostró que el poderío totalitario era un gigante con pies de arcilla. Cuando el muro se derrumbó, se puso a prueba una visión que los llamados países occidentales vieron con escepticismo. El político ruso le dijo a François Miterrand en 1985: “La Unión Soviética necesita libertad e iniciativa, necesita democracia. Nada podremos hacer de otro modo. Hará falta tiempo. Necesito que usted me ayude”. Ante palabras tan claras, Miterrand se preguntó si era sincero o simplemente hábil. Imaginen ustedes qué pensarían conservadores de la talla de Reagan o Margaret Thatcher. Los hechos hablarían después y de manera muy clara, lo que obligó al mismo Miterrand a reconocer en el político ruso que “negoció la debilidad de su posición con una energía feroz y desplegó tesoros de flexibilidad para subrayar su firmeza”. Eso es un político completo. (François Miterrand, Memorias interrumpidas, editorial Andrés Bello, Barcelona, 1996, pp. 206, 259).

Debo confesar que ver a Gorbachov me causó una experiencia muy fuerte, más porque compartí asiento con Miguel Ángel Calderón y estuvimos recordando viejos tiempos y entrañables amigos, como Rolando Cordera, Arnaldo Córdova, Roberto Castañeda, al mismo Chema Calderón. Quizá los años lo hagan a uno memorioso y muchas cosas se agolparon en mi cerebro: el temprano desencanto con un ideal, el recuerdo de que el comunista Antonio Becerra me regaló las obras de Lenin y que muchas las leí al calor del entusiasmo por transformar el mundo; recordar que él fue reconocido ciudadano distinguido de Leningrado, ciudad que ya no existe o existe bajo otro nombre; el no olvidar que hubo comunistas como Hernán Laborde y Valentín Campa, que se opusieron al artero crimen de León Trotski y rechazaron a los gángsters de Stalin que finalmente lo asesinaron. Recordé cómo Rubén Lau nos indujo a leer a los mencheviques Martov y Dan y además los publicó aquí hace muchos años. También evoqué la Sinfonía Leningrado de Sostakovich, que preserva su grandeza estética aunque se refiera a un sitio militar en una ciudad que desapareció del planeta, al cambiar de nombre.

En la circunstancia nacional, ver cómo nos arredra un simple debate por el cambio de régimen en México y la expresión de intolerancias que ya provoca, contrasta con la obra de un líder que pudo haber tenido en sus manos un gran poder planetario y apostó por la regeneración estructural de un sistema que anhelaba libertades y que él se las ofreció, tarea que rebasa con mucho los grandes problemas que tenemos los mexicanos hoy, sin dejar de reconocer que son nuestros problemas. No es nostalgia porque me duela un pasado en particular, menos porque involucra el execrable totalitarismo. Es el dolor que padece quien intenta aportar soluciones para las que no deja de percibirse sin los atributos suficientes para influir en decisiones básicas, pero que lo hace ejercitando a un tiempo el ideal democrático y el orgullo de asumirse ciudadano pleno de libertades.

Y como suele suceder: al gran mensaje de Gorbachov se adosaron la siesta de Héctor Murguía y el abandono del presidium de la joven que abrió la presentación del político ruso con un discurso “a nombre de todos los jóvenes de México”. Gorbachov escuchó con atención su mesnaje, y ella simplemente se retiró del lugar. Fue cuando el ex premier dijo que “la corrupción es un mal que persiste” y que “al igual que en Rusia, México enfrenta un problema muy grave y es necesario reemplazar a muchas personas”, para concluir que “todo depende del tipo de personas que elijamos, necesitamos reemplazar a mucha gente”. Por eso lo aplaudieron de pie.

Al salir del evento escuché en los corrillos que no se había abordado el problema de Juárez. Las apariencias engañan, hay que atisbar atrás de las palabras para encontrar el sentido de las que pronunció un hijo de humildes campesinos que en su niñez padeció los estragos de la Segunda Guerra Mundial, sufrió el desdoblamiento a que conduce el totalitarismo, esperó su hora y se levantó justo a tiempo.

Disiento en una cosa: una vez nuestro personaje dijo: “…quien llega demasiado tarde recibe el castigo de las fuerzas de la vida”. Quizás eso valga para explicar que en otro tiempo y en otra circunstancia él hubiera cubierto todo un ciclo en la Historia (ya dije que no me gusta la Historia como tribunal, como práctica de enjuiciamiento). Creo que a todos nos basta con que recorra el mundo y lleve la palabra que nos prodigó en una espléndida tarde otoñal en Ciudad Juárez. No llegó tarde a su cita. Ojalá esto lo comprenda nuestra clase política y reconozcan que el liderazgo tiene la responsabilidad del cambio, que el pánico no conduce a ninguna parte, y que al igual que en el pasado siglo, hoy padecemos la crisis de 2008 de una globalización imperial, implacable con los débiles. Con estas ideas concluyó Gorbachov. Lo refrendo ahora en presente: No llega tarde a su cita.

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