Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ./18 de Octubre./

Dedicado a Miguel Ángel Granados Chapa./

Así como no hay democracia sin demócratas, tampoco hay demócratas cuando éstos se cierran frente a la posibilidad del diálogo. Los que venimos del marxismo de cuño leninista tuvimos que pasar por un complejo proceso para asumir el pensamiento y la praxis democráticas. Hubimos de lamentar que habiendo una rica tradición liberal en el país no desarrolláramos con facilidad un pensamiento democrático fecundo, posibilitador del individualismo responsable y el acuerpamiento de la sociedad para lanzar propuestas de equidad para luchar contra las grandes desigualdades que ha sufrido México. Era nuestra herencia y no la veíamos. Aunque la teoría democrática ya estaba entre nosotros –los textos constitucionales del 57 y 17 no dejan lugar a dudas– veíamos en esas cartas un formalismo burgués con que se revestía el Estado para oprimir y generar las condiciones de reproducción del capitalismo. No nos hacíamos cargo que esa democracia nos había costado históricamente mucho, que era nuestra y de todos, que había que desarrollarla.

Un lenguaje autoritario nos había atrapado, y lo asumimos a placer porque nos servía para encarar con gran erogación humana al viejo autoritarismo del partido único que se fue petrificando, año con año, desde 1929 hasta sus rupturas en Chihuahua durante los ochenta e inocultablemente desde la elección general de 1988, que mostró el agotamiento del viejo régimen y nos adentró en una larga ruta de la que aún no salimos. He acusado en la transición mexicana su carácter parsimonioso, acompasado, e incluso he dicho que quienes buscamos el cambio de régimen semejamos a esas mulas de noria que desgastan su vida y esfuerzo dando vueltas en el mismo sitio sin llegar a ninguna meta.

Distantes de ese pasado, no nos resignábamos a ver el común denominador que unía a Schmitt y a Lenin en una política entendida como el arte de devorar y destruir al contrario. El punto de partida era la negación de la democracia en aras de metas en las que un adversario se hacía por la fuerza de todo el poder, a grado tal que conducían al monopolio mismo de la política. En otras palabras, el totalitarismo de todos tan temido. Nos resultaba extraña la obra de Tocqueville, de Morelos, Juárez y Madero; no queríamos esa senda y la historia terminó negándonos la razón. Hoy tenemos la lección de que todas las formas de lucha son liberatorias, salvo las que se basan en la violencia. También sabíamos que a la reacción política –no debo ocultar el término– se le debía enfrentar con cierta racionalidad, para ser progresivos, para no provocar un círculo vicioso en el que la dignidad humana se podía poner a merced de los más fuertes. En fin, para no hacer un largo recorrido, asumimos la divisa de transitar a la democracia para dejar atrás un viejo régimen autoritario y sustituirlo al edificar otro en el que las libertades públicas fueran los pilares de la sociedad democrática. Entramos a las elecciones y no renunciamos jamás al objetivo de sustituir al régimen político actual y continuar impulsando la batalla contra la desigualdad. Continuamos en la izquierda.

En ese viaje hemos sido testigos de calidad del agotamiento del presidencialismo monolítico y de las críticas en su contra por la incertidumbre en la que ha mantenido al país bloqueando su mejor futuro. No tenemos duda de su obsolecencia. Retóricamente todos dicen que hay que cambiarlo, pero cuando se intenta hacerlo el propósito se descarrila. Tanto en algunos de los políticos del PAN como en los del PRD he podido ver que están indispuestos a superarlo. De los dientes para afuera han hablado de sustituirlo, de acotarlo, de modernizarlo, pero en los hechos le han quemado incienso a todos los altares del presidencialismo imperial. Pareciera que viven muy atentos de aquella frase de Porfirio Díaz, probablemente cuando ya navegaba en el Ipiranga: “Ya soltaron la yeguada, a ver ahora quién la junta”. Hablo de políticos que sólo entienden la unidad de este país bajo la égida de un poder absoluto, casi monárquico.

Con este horizonte me permito escribir con toda la franqueza que el asunto requiere. Del lado del PRI y con Peña Nieto, sus gobernadores adictos y sus operadores en el Congreso, se ve al viejo presidencialismo de carro completo –Moreira lo dijo: lo ganaremos todo– y cuando esto sólo significara triunfar en la elección presidencial sin mayoría en el Congreso, pretenderían regresar a las mayorías artificiales, producto de una cláusula de gobernabilidad para un Congreso a modo que ya desterramos y ahora se nos quiere imponer. La restauración, pues. Sostengo que tanto Calderón, como los dirigentes panistas, están del lado de ese viejo presidencialismo y afortunadamente se ha empezado a derrumbar esa unanimidad en el partido fundado por Gómez Morín.

En la izquierda, aunque Andrés Manuel López Obrador nos diga estar “intentando abrir un camino del todo nuevo”, no ha hecho un pronunciamiento preciso de cómo desmontar el viejo presidencialismo para dar paso a un diseño institucional diferente, que se haga cargo y de cauce a la diversidad y la pluralidad que somos y de la necesidad de vertebrar grandes acuerdos nacionales en una política ajena del todo a los esquemas del quehacer político como actividad de adversarios dispuestos a aniquilar a su contrario. Idea adosada a un liderazgo personalista y carismático, per se en riña con los postulados democráticos. No quiero ocultar que veo a López Obrador como el aspirante a presidente fuerte al estilo de los viejos tiempos; él dice que el paradigma es Benito Juárez (sus reelecciones dividieron al partido liberal triunfante), pero también favorece su discurso al paradigma de los presidentes fuertes de la época dorada del autoritarismo, que dicho sea de paso no le es extraño y conoció durante su estadía dentro de un priísmo de corte corporativo que tuvo en Garrido Canabal y en Carlos Alberto Madrazo dos expresiones muy brillantes por su pretensión de credencializar a la sociedad entera. López Obrador ha moderado su discurso en el extranjero, pero en este renglón se mantiene inamovible en contra de su experiencia. Andrés Lajous ha recordado que la primera parte de la Jefatura de Gobierno de López Obrador en el Distrito Federal se ejerció con una minoría de perredistas en la Asamblea, precisamente apoyándose en coaliciones legislativas.

La semana que termina pudimos leer un valioso desplegado bajo el título Por una Democracia Constitucional. Está calzado por 46 firmas de ciudadanos de distintas posiciones políticas y doctrinarias que comparten la iniciativa de consolidar (no olvide este concepto) la democracia en México. Los hay de todos los partidos, académicos, intelectuales, artistas, y dentro de ellos varios que aspiran a la presidencia de la república: Manlio Fabio Beltrones, Santiago Creel y Marcelo Ebrard. Hace muchos años no leía un documento con esa pluralidad y con propuesta tan profunda, y estimo que este manojo de notables hombres y mujeres le están ofreciendo a México una oportunidad para el diálogo, para la práctica de la democracia más allá de la palabra volátil, y hay que decirlo enfáticamente: más allá del oportunismo coyuntural, electoral y partidario del año entrante. Los políticos que signan, a resumidas cuentas, no tienen necesidad de estampar su firma para buscar una posición; desde afuera los veo con los suficientes arrestos para lograrlo –cuando se lo propongan– sin acudir a este mecanismo.

¿Dónde están los cascabeles que se le pusieron al gato? Se propone, con todas sus letras, con pluralismo fuera de toda duda y frente a una realidad de agotamiento peligroso, que el presidencialismo debe ser cancelado, superado, y se postula una vía que bajo denominación de gobierno de coalición abriría la senda para sustituir el presidencialismo por una modalidad parlamentaria, atenta, entre otras cosas a la abigarrada diversidad que tiene el país, la necesidad de tener certidumbre para un gobierno que construya acuerdos, que cancele la irrupción de la violencia y la tentación de la tiranía y que sea eficaz, estable en la búsqueda de sus planes. Que por la vía de la constitucionalidad se aten sólidamente los compromisos para modificar el modelo económico, pues corresponde finalmente a la mayoría y al interés público imponer las modalidades a los grandes intereses privados.

México reporta muy valiosos diagnósticos e infinidad de propuestas viables, de las que muchos estamos atentos. Por eso no hemos parado. Me extraña que frente a este manifiesto se han levantado las voces de la envidia y el sectarismo de quienes ya tenían su esquema estructurado y se les propone una vía diferente y la descalifican, producto de su impaciencia, en el mejor de los casos. Lamento que un político-pensador como Porfirio Muñoz Ledo sólo alcance a decir que hay una desproporción entre la calidad de los firmantes y la calidad del texto, y que agradece que no lo hayan invitado a firmar. Cuando leí esto ratifiqué el por qué la democracia es generosa con los moderados y letal con la estridencia. Bajo esta sombra se atrincheran quienes diciéndose demócratas –y que lo son– no le dan un espacio al diálogo y la deliberación. El importante documento cobró el interés nacional instantáneo, tanto es así que vemos acuerpados en su contra a Peña Nieto y López Obrador, los aspirantes a ejercer una presidencia fuerte, con congresos obedientes y mano dura. Quienes comparten sus empresas enfilan la discusión con artes metafísicas hablando de gobierno de coalición como si fuera sinónimo de coalición electoral. O insinúan que el cambio es imposible.

Del otro lado veo quienes ensayan una ruta diferente. Voy con ellos, en la diversidad y en la contradicción, no por una razón de coyuntura, no. Desde mi incorporación al Partido de la Revolución Democrática en 1992-1993, he luchado porque el autoritarismo encarnado en el presidente municipal, el gobernador, el presidente de la república dejen de ser los ejes autoritarios de nuestra sociedad y nación para liberar la gran fuerza ciudadana. En ese caminar he podido ser testigo de cómo en mi bando se declama bien la democracia, pero se practica mejor el verticalismo. Se habla de democracia y se practica la partidocracia. Por eso descreo de los que afirman que ya no hay tiempo para hacer la reforma, de los que no se dan cuenta interesadamente del daño que se ha hecho a esta república con los gobiernos divididos y de estéril rijosidad, que no ven que electoralmente el país está segmentado en tres grandes conglomerados, que la balcanización y los virreinatos locales están a la orden del día y que la misma restauración del priísmo puede llevar a una atroz dictadura sobre el país, o a los regímenes desfigurados de la Europa del este, donde regresaron al poder los totalitarios, con careta de salvadores.

Demos una oportunidad al diálogo, a la posibilidad de edificar un sistema político renovado que, en términos del manifiesto, “haga compatibles las diferencias propias de una democracia y las conductas cooperativas propias de una república”. Cuando vi esta breve frase, refrendé que soy parte de la izquierda republicana. Ojalá y de lado de la izquierda no se malogre esta valiosa iniciativa ciudadana, ojalá y demostremos solidaria y colectivamente que somos capaces de construir y no tan sólo de ser testigos de cómo se nos desbaratan las cosas entre las manos, como un puño de arena que se va entre los dedos.

A modo de conclusión que induce al debate, y recordando al J. K. Keynes de 1926 –justo antes del gran crack–, digo: lo importante no es hacer cosas que los atolondrados demócratas están haciendo ya o hacerlo un poco mejor o peor, sino –lo subrayo– hacer cosas que en el momento presente no se están haciendo en absoluto. El cambio del país pasa por el poder, pero no se agota ahí. Esta es la cuestión.

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