Por Jaime GARCÍA CHÁVEZ./14 feb./

La visita del señor Calderón a Chihuahua es de las que no se agradecen. No se trata de ponerse al margen de las buenas reglas de urbanidad, pues las realidades contrastantes entre la circunstancia chihuahuense y los fastos de la oficialidad superior son más que elocuentes y aleccionadores. En este sarao, como es obvio, brincaron a la palestra Duarte Jácquez, amigo del Ejecutivo federal y jerarcas de la iglesia católica encargados del incienso propio de estos ritos de oropel.

No quiero pasar por alto que si bien es cierto la fuerza aérea mexicana ocupó un lugar protagónico durante las ceremonias en Santa Gertrudis, municipio de Saucillo, continúa en un rango de segundo nivel entre las Fuerzas armadas y la Marina Nacional. Se ha preguntado usted alguna vez ¿por qué la Marina tiene el rango de secretaría y no la Fuerza Aérea? Se  ha tratado de mantener en parcelas separadas a las fuerzas del estado y no crea que preconizó la aparición de una nueva secretaría, no. Lo que creo es que debieran en un Estado democrático compactarse en un solo aparato estatal en el que los civiles llevaran la palabra de mando. En la realidad, no como ahora con el presidente militar-civil que padecemos.

Fuera de esa digresión, comento el porqué no a la visita. Encontrándose Chihuahua en un triple estado de emergencia por la violencia producto de la guerra fracasada; la contingencia climática y la obsolescencia de los servicios públicos de electricidad, agua, energéticos de consumo doméstico y refacciones, vienen a nosotros los séquitos presidenciales, el boato de Duarte, el desplazamiento de aeronaves, la acrobacia, la desviación de servidores públicos a tareas que no les corresponden de otras prioritarias y lo esencial –lo que nos duele a todos- se relega. Vea usted si no.

En cuanto a fondos federales de contingencia, Calderón simple y llanamente dice que el frío no está contemplado, declarando implícitamente que para su gobierno las entidades norteñas importan un soberano bledo. En cambio se decreta y anuncia, por quinto año consecutivo, el aumento a los sueldos de la tropa quienes ahora tendrán un cien por ciento más de sus percepciones (para los obreros de la gran industria solo miserias), aparte de avisar la adquisición costosísima de aeronaves. En otras palabras: enormes recursos destinados a un sector improductivo y altamente parasitario y que la sociedad se encomiende a Dios.

Lo deseable hubiera sido que antes de Calderón llegaran a Chihuahua cuadrillas a resolver los apagones, a reparar los pozos, a organizar el tráfico, a reforzar los hospitales, a reparar las escuelas, a abrir albergues decorosos, a nutrir de combustibles la ciudad, a controlar a los comerciantes voraces, entre otras cosas. Pero no. Se gastó mucho más en un acto protocolario en el que el señor Calderón redujo su opaco discurso a simples tautologías: “los crímenes los realizan los criminales, la violencia la generan los violentos.” Con esta retórica seguramente no ayudará a nada y entre otras cosas tampoco a reeducar el lenguaje de Duarte. Pero no solo eso, resulta que ahora las fuerzas armadas ejercen la legítima defensa del Estado, desrresponsabilizándose Calderón de que él declaró una guerra a tontas y a locas.

¿Qué tiempo escogió la oficina de Calderón para venir a Chihuahua? Algunos han dicho que frente a las declaraciones intervencionistas de los Estados Unidos, había que desplazar la celebración de las fuerzas armadas a la frontera norte. No dudo que bajo esta lógica se haya presentado a detonar cañonazos y exhibir los aviones cazas. Pero qué ingenuidad y qué pedestre argumento. Me hace pensar en aquellos tiempos en que los juristas decían que la soberanía territorial se medía con el alcance de los cañones. La realidad es inocultable a mi juicio: Calderón y Duarte muestran fuerzas para amedrentar, para aumentar más el miedo social, para decirle a la sociedad que cuando todo les falle ellos se van a sentar en las bayonetas, ignorando que México es un país civilista.

Y en medio de todo esto las bromitas de Calderón cuando ordenó disparar los misiles. Su frase denota turbación mental, acto fallido tras del cual están el amor a la fuerza bruta y a los uniformes militares. Quizá algunos piensen que ya envalentonado por el escenario, como le sucede a un embriagado novio que da serenata a su amada y de pronto ordena que canten Anillo de compromiso.

Atónitos, los chihuahuenses, que sufrimos la guerra nos preguntamos ¿esos aviones  servirán para bombardear a los agresores de Salvárcar, a los criminales de Creel, a los asesinos del bar Las Torres? Claro que no: el mensaje es los políticos todavía tienen el último recurso de las fuerzas armadas. Así pensaban los científicos porfiristas cuando soliviantaron a Bernardo Reyes, Félix Díaz y Victoriano Huerta. Por eso Calderón se adelantó a ponerse su casaca de talla pequeña que grande le quedó.

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