Manuel Zelaya Honduras“La gestión del salvoconducto fue a solicitud del presidente [Manuel] Zelaya. Él nos lo pidió”, dijo ayer la canciller mexicana Patricia Espinosa. Unos dicen que no fue mala leche. Otros afirman que sí. En todo caso fue falta de oficio.

La historia es esta: México negoció en secreto con Honduras la salida del depuesto presidente. El miércoles pasado las gestiones casi coronan a la diplomacia mexicana: hasta un avión de la Fuerza Aérea se envió por él. Iba en el aire cuando se lo regresaron.

La Secretaría de Relaciones Exteriores no amarró bien la negociación, nos dicen. Manuel Zelaya, al ser informado de lo sucedido, quiso conservar algo de dignidad: “Yo no pido, no solicito, no acepto, no quiero asilo político absolutamente de nadie. En caso de una eventual salida, tendría que ser como huésped ilustre, dentro de mi calidad de presidente de los hondureños…”, dijo. Patricia Espinosa no tardó en desmentirlo y en abollar su dignidad. Lo que la canciller mexicana dijo fue: Zelaya miente; fue él quien solicitó el salvoconducto…

El argumento que terminó con el breve reinado de Rafael Acosta Juanito en la delegación Iztapalapa (que sí falsificó su acta de nacimiento, su Registro Federal de Contribuyentes y su CURP) no lo llevará a prisión. ¿Por qué? Porque a los interesados en manipularlo —del PRD, PT, PAN o del PRI— no les importó en su momento que Juanito estuviera fuera de la ley.

Quienes obligaron a su renuncia, sólo lo amagaron y no aplicarán la ley. Acosta se irá a su casa; preparará sus arreos y saldrá, otra vez, a ganarse la vida en sus puestitos ambulantes, en sus obritas de teatro y sepa usted con sus qué más, porque el rumor es que no sólo le torcieron el brazo: también se lo sobaron.

Los hechos concretos son: Que en los últimos 9 años (seis de Vicente Fox y tres de Felipe Calderón), los criminales han asesinado a 58 periodistas en México. ¿Qué dicen las investigaciones? Nada. Los casos siguen sin resolverse. Y conforme avanza la administración de Felipe Calderón, los comunicadores son (somos) presas más fáciles. Ahora los asesinos entran hasta las redacciones, gracias a que las autoridades ya ni investigan. Es inevitable recordar que así inició el drama de los feminicidios en Ciudad Juárez, Chihuahua. Las primeras mujeres cayeron con Francisco Barrio como gobernador; sus policías no se lo tomaron en serio. Después de decenas y decenas de mujeres violadas, torturadas, mutiladas y asesinadas, la justicia ya no aliviará a las familias enlutadas.

Ayer la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó al Estado mexicano por tres asesinados. Tres, de cientos. Y México se oponía al fallo adverso. Imagínese. Así andamos.

Apunte final: ¿Pues qué el senador René Arce no se llama también Óscar Nahúm Círigo? ¿Le van a pedir que renuncie a cambio de no perseguirlo?

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