JAIME GARCÍA CHÁVEZ
I
Los días recientes han sido pródigos en eso que llaman pifias de los políticos gobernantes. Ahora nadie quedó exhonerado, todos por igual participaron en  una comedia del género chico. Júzguelo usted mismo: reformas a la administración pública central  y al poder judicial hechas al vapor y partiendo de la premisa que los diputados aprueban todo y sin leer lo que firman, así sea despropósitos descomunales. Otras perlas: creación  de puestos desarreglados a la luz de la Constitución y con el propósito de premiar a un desocupado próximo, cual es Fernando Rodríguez Moreno, un engreído del  poder burocrático. Disculpen que en este párrafo haya muchos prefijos “des” pero todos viene al caso.
Otra más es el nepotismo puesto —una vez más— al descubierto lo que fue oportunidad para recordar a Rodolfo Acosta Muñoz que llegó al puesto luego de una ley a la medida de sus ambiciones.
Pero no solo, también hizo publicar desplegados laudatorios en su favor, previamente pagados por él, por su puesto. Y los firmantes también son beneficiarios del nepotismo.
Lo garrafal se mostró con lupa cuando una “ley” aprobada se derogará antes de entrar en vigor  y sin haber normado nada, a lo cual Fernando Rodríguez Moreno  contesta que  renuncia a un puesto que nunca ha ocupado, ni existido, y así hasta ad nauseam.
Claro que hubo fuego cruzado y Acosta dijo: no estoy solo en el nepotismo, también mis detractores lo han cometido, pues es pecado venial en los malos gobiernos a lo cual agrega —con su cinismo muy propio—: “si me dan otros tres años como presidente, los tomó”. Ergo: la crítica no vale nada y el carácter mercachifle lo es todo.
Por  esto no es la crítica política la que conviene realizar, sino  la burla corrosiva. Con  ese fin elaboré e hice circular esta sátira:
II
Existió  en un reino sin justicia un encargado de vigilar que la venganza privada (talión, por ejemplo) se aplicara con el máximo rigor. Apoyado en leyes arbitrarias y al gusto de los eunucos,  que dieron muestras de sobradas ambiciones en el preciso momento que llegaba otro emperador.
Ese encargado, quiso sofocar las muy malas,  pero fundadas opiniones que corrían por todas partes en su contra, mismas que se derramaban a su numerosa y privilegiada familia, amigos y mujeres del serrallo o harem. Las caravanas siempre iban acompañadas de un camello que cargaba noticias sobre este tema. Con ese propósito, el denostado ordenó a sus esclavos y siervos y al eunuco de la propaganda, la confección de varias estelas de cantera exaltando sus virtudes y acusando a los detractores de ser simples difamadores y escasos muy pocos, según lo creía por su proverbial miopía que lo llevaba frecuentemente a  realizar indebidamente sanguinarias composiciones, tan graves que a veces una simple rotura de un hueso, se pagaba con la extirpación de un ojo.
En muy poco tiempo a la entrada y a la salida de las pequeñas ciudades se encontró  una estela laudatoria. Excedida porque en realidad se le había tratado con benevolencia ya que las críticas lanzadas solo veían las apariencias, las superficialidades. El poder era sagrado y los profanos perdían el sentido de la vista si querían ver más a fondo. Corría la opinión de los conformistas que decían  en defensa de sus críticas: algo es algo; otros no se arredraban y sin correr riesgo decían —enarcando las cejas—  poco es mejor que  nada.
Hubo estelas aquí, allá y acullá. Cantaban alabanzas y pretendían quitar lodo a las túnicas del encargado de  la justicia, cieno bien ganado y acumulado a lo largo de muchos años, muy sólida costra para poder borrarla. Petrificada ya era indeleble.
Afuera del palacio de la justicia la fila de picapedreros era grande. Ofrecían sus servicios en tono reverencial y con los ojos fijos en la tierra y hubo uno que ganó todos los favores porque también era filósofo del despotismo y le vendió la mejor frase que luego esculpió en mármol negro:
“El respeto al nepotismo ajeno es la paz”.
Mutatis mutandis, esa frase transformó su contenido y hoy es una máxima de resonancia universal de un país que se construyó sobre los despojos del imperio azteca.
En aquellos lejanos años, dicen las crónicas, hubo finalmente una revolución. Yo no la encuentro registrada en los textos de la historia antigua. Pero sucedió, reciente estela en escritura cuneiforme  me dice que lo afirma. Ram y su séquito fueron defenestrados. ¿Será?
III
No critique al poder, búrlelo. Ahora que su encanto es tan indiscreto.
Septiembre 11 de 2010

EL INDISCRETO  DESENCANTO DE GOBERNAR
Jaime GARCÍA CHÁVEZI
Los días recientes han sido pródigos en eso que llaman pifias de los políticos gobernantes. Ahora nadie quedó exhonerado, todos por igual participaron en  una comedia del género chico. Júzguelo usted mismo: reformas a la administración pública central  y al poder judicial hechas al vapor y partiendo de la premisa que los diputados aprueban todo y sin leer lo que firman, así sea despropósitos descomunales. Otras perlas: creación  de puestos desarreglados a la luz de la Constitución y con el propósito de premiar a un desocupado próximo, cual es Fernando Rodríguez Moreno, un engreído del  poder burocrático. Disculpen que en este párrafo haya muchos prefijos “des” pero todos viene al caso.
Otra más es el nepotismo puesto —una vez más— al descubierto lo que fue oportunidad para recordar a Rodolfo Acosta Muñoz que llegó al puesto luego de una ley a la medida de sus ambiciones.
Pero no solo, también hizo publicar desplegados laudatorios en su favor, previamente pagados por él, por su puesto. Y los firmantes también son beneficiarios del nepotismo.
Lo garrafal se mostró con lupa cuando una “ley” aprobada se derogará antes de entrar en vigor  y sin haber normado nada, a lo cual Fernando Rodríguez Moreno  contesta que  renuncia a un puesto que nunca ha ocupado, ni existido, y así hasta ad nauseam.
Claro que hubo fuego cruzado y Acosta dijo: no estoy solo en el nepotismo, también mis detractores lo han cometido, pues es pecado venial en los malos gobiernos a lo cual agrega —con su cinismo muy propio—: “si me dan otros tres años como presidente, los tomó”. Ergo: la crítica no vale nada y el carácter mercachifle lo es todo.
Por  esto no es la crítica política la que conviene realizar, sino  la burla corrosiva. Con  ese fin elaboré e hice circular esta sátira:
IIExistió  en un reino sin justicia un encargado de vigilar que la venganza privada (talión, por ejemplo) se aplicara con el máximo rigor. Apoyado en leyes arbitrarias y al gusto de los eunucos,  que dieron muestras de sobradas ambiciones en el preciso momento que llegaba otro emperador. Ese encargado, quiso sofocar las muy malas,  pero fundadas opiniones que corrían por todas partes en su contra, mismas que se derramaban a su numerosa y privilegiada familia, amigos y mujeres del serrallo o harem. Las caravanas siempre iban acompañadas de un camello que cargaba noticias sobre este tema. Con ese propósito, el denostado ordenó a sus esclavos y siervos y al eunuco de la propaganda, la confección de varias estelas de cantera exaltando sus virtudes y acusando a los detractores de ser simples difamadores y escasos muy pocos, según lo creía por su proverbial miopía que lo llevaba frecuentemente a  realizar indebidamente sanguinarias composiciones, tan graves que a veces una simple rotura de un hueso, se pagaba con la extirpación de un ojo.  En muy poco tiempo a la entrada y a la salida de las pequeñas ciudades se encontró  una estela laudatoria. Excedida porque en realidad se le había tratado con benevolencia ya que las críticas lanzadas solo veían las apariencias, las superficialidades. El poder era sagrado y los profanos perdían el sentido de la vista si querían ver más a fondo. Corría la opinión de los conformistas que decían  en defensa de sus críticas: algo es algo; otros no se arredraban y sin correr riesgo decían —enarcando las cejas—  poco es mejor que  nada. Hubo estelas aquí, allá y acullá. Cantaban alabanzas y pretendían quitar lodo a las túnicas del encargado de  la justicia, cieno bien ganado y acumulado a lo largo de muchos años, muy sólida costra para poder borrarla. Petrificada ya era indeleble.  Afuera del palacio de la justicia la fila de picapedreros era grande. Ofrecían sus servicios en tono reverencial y con los ojos fijos en la tierra y hubo uno que ganó todos los favores porque también era filósofo del despotismo y le vendió la mejor frase que luego esculpió en mármol negro: “El respeto al nepotismo ajeno es la paz”. Mutatis mutandis, esa frase transformó su contenido y hoy es una máxima de resonancia universal de un país que se construyó sobre los despojos del imperio azteca.  En aquellos lejanos años, dicen las crónicas, hubo finalmente una revolución. Yo no la encuentro registrada en los textos de la historia antigua. Pero sucedió, reciente estela en escritura cuneiforme  me dice que lo afirma. Ram y su séquito fueron defenestrados. ¿Será?  IIINo critique al poder, búrlelo. Ahora que su encanto es tan indiscreto.
Septiembre 11 de 2010

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