Por Mario González Plata. (Antropólogo)/

Aunque se escuche medio solemne agradezco la invitación y de externarlo públicamente, de participar con una colaboración en este nuevo viento de posibilidades de letras periódicas, lo digo solamente como algo posible, como un viento de reflexiones y hasta donde de el seso, críticas verdaderamente honestas, no tanto con el lector, sino consigo mismas.

Cuando la crítica fuerte pero al mismo tiempo mesurada, digamos que equilibrada, se toma la molestia de introducirse en este pabellón de letras periódicas es posible que se hable cuando menos en el discurso, de buenos augurios porque en lo contrario, seguiremos la inercia de las cosas al igual de un engrane de una maquinaria. Por consiguiente, lo que proseguirá se hará en forma periódica en el sentido de ciertas reflexiones sobre el sentido común, las cuales tienen su tiempo, su violencia y se presentan en el lenguaje de una escritura.

En la sobremesa de un café muy conocido en la ciudad y entre quienes lo frecuentan, como es muy natural, se dialoga, se dialoga bien y en buenos términos, no tanto y haciendo uso de un mamo-tropo en el sentido de una profundidad filosófica. No, nada de complicaciones o que tenga que ver con cuestiones intelectuales, porque el diálogo proviene de otro tipo de complicaciones; las cuales se ubican en el otro extremo del pensamiento, en aquello que tiene que ver más, con un proceso de reflexión del sentido común ante el mundo de la experiencia de la vida cotidiana.

Por lo que el diálogo que se forma o se produce fuera de esta experiencia es, medio raro y hasta cierto punto desconocido, Y es raro, porque lo raro está en aquello que casi nunca sucede, digamos que como acto reflexivo es inusual; puede ser una rareza completamente desconocida para la mayoría como por ejemplo, el comportamiento y concepción de los esquimales o los Azande africanos, ante la presencia de la muerte, del asesinato y de la violencia humana; pero esta rareza debe asumirse en gran parte, como producto de la experiencia de previas percepciones aunque muy escasas como se ha dicho; hay campos nudistas y son raros porque no está generalizado. Dejémoslo así, pues el “casi nunca” es más que suficiente, con ello basta y sobra, según la sabiduría de la tradición popular.

También se discute y aquí sí, aparece en forma abrumadora la estulticia que ronda por todas las mesas del café y barre como un espectro la mente de los pequeños colectivos, aquellos que acostumbramos el brutal consumo de esta bebida. Aunque he de agregar que la suerte está del lado de los cafeteros porque es un producto renovable, cosa diferente al atosigue del petróleo que un día se nos va a terminar.

Mientras tanto, el petróleo que todo lo contamina a semejanza de nuestra clase política que no hace malos quesos para contaminar, aunque en el espacio político no se contamina la naturaleza circundante, sino la conciencia; coco se diría en un lenguaje popular, el cochambre que nos ha contaminado la cabeza. La clase política se comporta con la ciudadanía como si fuera un enjambre de mosquitos chupa sangre. He de agregar que esta clase siempre se hace acompañar de un sector de intelectuales de gran personalidad, este sector pensante no sólo justifica, sino defiende a capa y espada, las bondades del orden del régimen político y económico.

Este acto intelectual una vez personificado por sus miembros componentes, proviene en unos casos, de situaciones sinceras donde prevalece la defensa de los propios principios, de aquellos que fundamentan según su perspectiva el orden actual de la convivencia humana, en unos casos se defienden principios y en otros, los actos de una corrupción intelectual al defender y venderse a las causas de cualquier postor.

¡Ha, moscos pícaros y desvergonzados! El comportamiento de la política siempre ha sido así, con sus triquiñuelas y sus dobles lenguajes, pero hoy con el doble de razones del lenguaje popular, la política hoy es sinónimo de trácala, de tranza, de mentira, de deshonestidad, de rapacería  y hasta de instintos bestiales.

La política es como el tropo del humo a la distancia, que sin percibir el fuego realmente, el humo nos indica con certeza que también hay fuego. Lo político en términos análogos es, el índice de un significado negativo del lenguaje, como algo que degrada la condición humana, como un acto delictivo y perverso, ello es pues, el significado que encierran los anteriores vocablos.

En estos tiempos tan trivializados para que se entienda, puede hablarse del fundamento de un Estado trácala que obedece solamente a la rapacería de la corrupción, digamos que el discurso del mismo orden jurídico está construido con cimientos o fundamentos de un origen de desigualdad y corrupción.

Y por lo mismo, ese origen incrementa y fomenta la corrupción. ¡Como se quiere hacer iguales a los desiguales! Si es en un discurso de ficción está perfecto, es un discurso virtual y la virtualidad en lenguaje llano es una mentira. No es fortuito el ascenso de la tecnocracia y el descaro de su lenguaje que de por sí, también está corrompido.

En términos de una metáfora y su perspectiva, creo que puede ser tratado cualquier problema que suscita cierta discusión en el ambiente de esas veladas. Por lo que las discusiones son análogas a los puntos de vista que pudieran externarse por ejemplo, sobre si, Hugo Sánchez es mejor que el vasco Aguirre. ¡Que si el Presidente le habló desde los Pinos a este último! ¡Que cómo no iba a aceptar si se había quedado sin chamba en España! ¡Que hora sí, ya estamos en el mundial! Se escucha algo así  también, ¡Que bueno que gane la selección! Se requiere algo que levante el ánimo ante tanto desbarajuste social y aunque al susodicho le importe un pepino el fut bol. Es la opinión del sentido común, tal el modo en que puede operar por ejemplo; sobre la actual crisis económica, sobre la corrupción política, sobre la violencia descarnada e impunidad de grupos armados, sobre el papel del ejército, su ineficiencia y los abusos de sus boinas verdes y rojas, lo mismo que de la PFP y la policía municipal.

Por cierto y haciendo un paréntesis, este desmadre, porque es un desmadre que sucede en la vida de la sociedad y no nos espantemos, llamemos en lenguaje popular al pan pan y al vino vino, en esta ciudad vulnerada donde sus habitantes sufren las consecuencias, desde situaciones económicas reales de bolsillos vacíos, hasta secuestros, muertes o violaciones por sacar aquello que no hay en los bolsillos.

En el momento esto ha llegado a tal grado de alarma en dos sentidos: No se piense en el catastrofismo de una revolución, no sabemos ni quienes somos, ni como le entraríamos a ese mere que tengue social; como chascarrillo pasa, pero no deja de ser un chascarrillo.

Deberíamos darnos cuenta primero, de que nuestra animalidad aparece hoy en extremos inconcebibles, la violencia rebasa todo lo significado hasta el momento y con el más grave delito, donde el mismo lenguaje no puede o simplemente, se niega a significar la brutal violencia, por pudor o por vergüenza.

Y en el segundo aspecto, las libertades fundamentales se ven vulneradas cotidianamente, y ahí están las violaciones a casas habitación, las detenciones arbitrarias a personas que caminan, sobre todo en las calles del centro de la ciudad o las detenciones a conductores de vehículos con el pretexto de  búsqueda armas y drogas. Sus “revisiones preventivas” son en realidad detenciones punitivas violadoras de la Constitución y por lo mismo, comportamientos que pertenecen al orden de sociedades autoritarias y fascistas, La paranoia que se vive actualmente en la sociedad juarense y en la mexicana en general, consiste en que los cuerpos policíacos han convertido al ciudadano en un sospechoso de los actos delictivos que pululan en la sociedad con una carga de violencia desmedida. Proseguirá………..

Proseguirá.

Volviendo a los puntos de vista y el sentido común, también pueden equipararse a problemas de otros órdenes como pueden ser, la aceptación popular del Presidente Calderón en contraste con la del Peje. Sí, por supuesto, ya se sabe que la política también es entretenimiento para beneplácito de la palabra control político. A este cúmulo de opiniones se pueden incluir las demandas judiciales fundadas o no al “Teto”, a un personaje político local, largo y dicharachero. ¡Cómo me recuerda a aquel Presidente de Ecuador, si no me falla la memoria! ¡Como no acordarse de aquel Presidente que bailaba cumbias y le hacía a la cantada!, su carrera política de éxito en los medios de comunicación fue fugas como lo efímero de un tren al paso de una estación, para finalmente terminar en “el bote”. De su posterior historia, si la hay, casi nadie la conoce. Coincidencia o no, es una sospecha en su contra que, sólo aparece a los ojos de la luz pública en tiempos electorales, como apareció el fraude de un político local de Chihuahua, personaje de apellido Blanco, o lo que es lo mismo, en tiempos de carnaval ciudadano que a semejanza de una obra de teatro, entretienen al gran público de la república. Para que este espectador de conciencia cívica, tenga cuando menos algo para murmurar o comentar, ya serena o maldiciendo ¡Será o no será! Que la mano peluda de las tropelías persigue como fantasma a este político tan original que hace reír a todo mundo.

Y qué decir de los dichos sobre la enorme incapacidad de los reyes; Gobernador y Alcalde respectivamente, de esta frontera y del Estado. El decir popular y mayoritario los designa como un perfecto un cero a la izquierda, como simples monigotes que sólo ellos mismos creen que gobiernan para fomentar el empleo o proporcionar una seguridad racional y adecuada a la ciudadanía del Estado. Por eso digo que creen, porque son personajes políticos que no cuentan con una sola idea coherente que pueda esgrimirse a su favor y sobre todo, útil para afrontar las condiciones adversas de la actual crisis económica y política. Por el contrario, uno y otro, por su torpeza se han incrementado las redes de la corrupción y las instituciones gubernamentales del país y en consecuencia, las del Estado de Chihuahua, como es evidente han sido rebasadas, en la medida que fueron penetradas en sus estructuras de acción gubernamental, de acción política en última instancia, la cual se pierde en medio de una avalancha de negociaciones ilícitas, ya sea que provengan del de las mafias del narcotráfico y toda la cadena social que se involucra a ellas, o ya de prebendas y negociaciones oscuras entre el poder político y los poderes ahora llamadas fácticos. O puede darse también una triangulación entre ambos poderes, donde se sitúa el narcotráfico como un tercero.

¡Qué le va uno a ser! Así son las cosas y como son así, también desembocan en juicios absolutos del sentido común. ¡Todos son una bola de corruptos y de rateros! ¡Todos son una bola de mentirosos e hipócritas que sólo buscan el provecho personal! ¡Todos son como una turba de haraganes a los cuales fatalmente hay que mantener! Y es cierto, hay decenas de razones en apoyo a tales juicios. ¿Pero y nosotros, no sólo los bebedores de café, sino la gran mayoría de ciudadanos comunes, los que nos encapuchamos en una tradición moralmente correcta, parece que nunca volteamos a vernos? Al parecer encontramos en el concepto de ciudadanía, el fundamento para dar por sentado, que vivimos en el limbo, en un lugar santo y sagrado. Y efectivamente, así es el espacio social del discurso sobre el ciudadano o sobre el hombre moral, como si estuviéramos a salvo de todo el mundanal de la sociedad, de su entramado y redes de corruptelas que se desempeñan en forma habitual, en el mundo de la vida cotidiana. Nunca reparamos en nuestros dobles lenguajes, lo que quiere decir que nunca nos vemos con otra máscara, sólo nos ensamblamos en una y nos enconchamos en ella, en una máscara de moralinas con las que pretendemos actuar en la vida. Ello lo digo porque no vivimos en los árboles o en la luna, estamos en medio de todo el traqueteo de la sociedad y de su doble discurso, desde aquí hablamos de honradez y es lo primero que tiramos al bote de la basura, hablamos de justicia y es la primera que se pisotea por la prepotencia del poder político y económico. O simplemente, por que los ciudadanos no hacen nada y se cruzan de brazos, o mejor dicho, porque no hacemos nada y resistimos estoicamente con un discurso moral de “servidumbre voluntaria”, discurso de entretenimiento con el que nos vendamos los ojos para no ver donde pisamos y al mismo tiempo, nos tapamos las orejas para no escuchar lamentos o quejidos.

Así es el ambiente donde se absorbe café desmesuradamente, en las mañanas por lo regular, tiene un aroma y sabor agradable, digamos que aceptable al olfato y al paladar, cosa rara al que se sirven por las noches. De cualquier modo, este establecimiento con sillas y mesas ocupadas por variedad de personalidades, conforman para muchos el nuevo espacio social de adultos y viejos, el cual sustituyó por cierto, al viejo barrio de la tiendita de la esquina, al de abarrotes por supuesto donde paraban y siguen parando los vagos y los no tan vagos, no se piense en la clandestinidad de las que expenden otro tipo de productos. Mesas como en la historias del cómic de Toby, donde los personajes al parecer, no se cansan de los procederes monótonos, a volver a contar lo mismo una y otra vez hasta que se vuelve una costumbre, una tradición y herencia reforzada por la conducta de aquellas tienditas de barrio. Herencia por cierto, que arranca de un tiempo impreciso y lejano, de un pasado que ya no es y sin embargo adviene en la presencia de un café en forma de diálogo, de una discusión o sencillamente, de una conversación aunque en su mayor parte, se hable de cuestiones inverosímiles y triviales.

Pues bien, en una ocasión, ahí me dijo un amigo que posee un periódico electrónico y una corresponsalía, pero de un periódico nacional.

¿Por qué no me mandas una colaboración? A lo cual respondí ¿Algo fuera de lo común?  Pues sí, asintió con la voz. ¡Algo fuera de lo común!, pero con el seño de su rostro y pupilas de sus ojos, parecía expresar otra cosa. Eran simples dudas que en su momento tal vez se despejen con la segunda parte del artículo.

Pues bien, en una ocasión, ahí me dijo un amigo que posee un periódico electrónico y una corresponsalía, pero de un periódico nacional.

¿Por qué no me mandas una colaboración? A lo cual respondí ¿Algo fuera de lo común?  Pues sí, asintió con la voz. ¡Algo fuera de lo común!, pero con el seño de su rostro y pupilas de sus ojos, parecía expresar otra cosa. Eran simples dudas que en su momento tal vez se despejen con la segunda parte del artículo.

Mario González Plata.

Segunda parte; de Tiempo, escritura y violencia.

El caso es, que así surgió el título de este artículo. No es nada común pienso, hablar del significado y la relación que pueden tener estos tres vocablos enunciados como título. De hecho se trata de establecer algo sobre sus vasos comunicantes para ver el problema desde otra perspectiva o dimensión. ¡Violencia desmedida o tal vez, un tipo de violencia específica! ¡Escritura zalamera que calla, se agazapa y rara vez habla con sinceridad! ¡Y tiempo, tiempo de medida local y de una época!

La violencia que adolece esta ciudad de la frontera tiene un lugar inmerso en alguna gaveta de la época moderna o algún rincón de este mundo. De tal modo época y lugar son dos conceptos que forman el contexto de determinado acto cualquiera, en este caso de una violencia desmesurada, pero época y lugar son designaciones del tiempo, un tiempo específico y correspondiente a quien designa el significado de esos conceptos, papel que le corresponde realizar a la escritura producto y expresión de la misma época. La violencia decimonónica por ejemplo, aquella del siglo de anarquía en México, se plasma en la narrativa que transcurre como amalgama entre el romanticismo y el modernismo, ejemplo de ello puede verse en Los bandidos de Río frío de Francisco Bulnes o El Zarco de Manuel Altamirano. Cosa que sucede también en la escritura del liberalismo político de la época. Si algo hay de paralelo entre la violencia del siglo XIX y la violencia actual, ello se reduce a su fuente, se trata del origen de pertenencia a la misma matriz, ubicado como artefacto cultural a partir de la transformación de un estado primigenio y animal. Fuera de este punto, la violencia es un fenómeno histórico con particularidades propias, la que se sucede sobre todo, en la segunda mitad del siglo XIX, ella está cargada con expresiones simbólicas que aluden a un México bucólico, de país y de paisajes naturales que se perciben desde la ruralidad de aquel entonces; mientras la violencia que vivimos está conectada y significada en otro contexto, con otras reglas o códigos escritos y no escritos, con interacciones de comportamiento social entre colectividades o entre personas en el escenario de la vida cotidiana y por lo mismo, apuntan hacia una dimensión social más urbana

En consecuencia, esta violencia estúpida también ha generado su propia narrativa en la escritura y en general en los medios de comunicación masiva. Sobre todo, aquí destacan las llamadas artes cinematográficas, pues el cine ya es viejo en estos menesteres de narrar la violencia en las calles, violencia por cierto, que se queda pequeña a la que sucede en la realidad de esta ciudad. El cine narra, tal vez por cuestiones de moral, las acciones o acontecimientos que en la realidad no se ven. ¡Quién ha visto una persecución con todas sus escenas! Si el cine narrara los resultados concretos y macabros, tal vez podría verse de otra manera la realidad, por tal razón se imagina o se inventa el precedente de la violencia que no se ve y además, constituye el rasgo de entretenimiento de la misma violencia. Se entretiene bien a la audiencia con las historias de héroes y villanos, de guardianes del orden y ladrones

La corrupción también tiene sus propias particularidades, podrá ser la presencia de la misma matriz, pero las formas y los métodos para llevarla a cabo no son los mismos, han cambiado radicalmente las condiciones en que opera la corrupción y, hasta los sujetos sociales que se encuentran involucrados en una sociedad moderna. No es lo mismo un terrateniente fervoroso de su religión que un empresario ateo, pues este último ha hecho del dinero y del lucro un Dios todo poderoso.

De aquí se da por sentado que la violencia del narcotráfico local, no puede en definitiva comprenderse coherentemente, por flujos de un comportamiento puramente endógeno, junto a ellos debe contemplarse invariablemente, la perspectiva de otras conductas y de otras posibles explicaciones, localizables en los pormenores del carácter significativo de la época, de esta época moderna en la que actualmente vivimos. Una época de incertidumbre, de dudas y de profundas fracturas, no en este país o en el que se encuentra al otro lado del río Bravo, sino en el proyecto civilizador de la ilustración moderna, desconcierto porque no ha podido cumplir lo que se propuso y porque sabe de antemano, la imposibilidad de cumplirlo. Lo que nos habla al parecer en el presente, de un rotundo fracaso del proyecto humanizador, cuestión que se percibe en lo unánime de su interpretación por diferentes corrientes de pensamiento, se da y se expresa en un consenso que ve un fracaso en los instrumentos de endoculturación de la sociedad moderna, en los medios pedagógicos, en los métodos para educar y domesticar al hombre mediante aquello que llamamos cultura y civilización. Un fracaso en el proceso de hominización que nos habla de, que algo anda muy mal, en el pasaje de la naturaleza a la cultura, de lo animal a lo humano, a lo humanizado como historia humana, con un ayer milenario y un presente donde se concatena y se crea la mirada hacia el futuro. ¡Un fracaso milenario tal vez! porque seguimos siendo tan monos o más monos, como los monos que aún subsisten en África, o en cualquier otro lugar o refugio a salvo de la mano del hombre civilizado, algo que parece inexplicable para el depredador que todos llevamos dentro. Y si es así, ¡Porqué hemos de llamarnos civilizados! ¿Estamos ante el viejo dilema de volver a repensar el concepto sobre la misma definición y significado del hombre?

Cuando el conjunto y me refiero al sistema de sociedad moderna, llamado global y digital, y todas esas tonterías del “acontecimiento en tiempo real”. Pues bien, este sistema de sociedad moderna en algún punto comenzó a desgastarse, a frenar hasta detenerse y quedarse sin algún impulso, sin aliento como atascado y atado de pies y manos, ello significa la aparición concreta de un síntoma serio, de una acción que desemboca propiamente en la decadencia de esta época moderna y la consecuente incredulidad del imaginario social de un mundo mejor. Ya no hay salida a la vista, no hay el mínimo guiño de un referente que nos anuncie el despertar de un nuevo día, de una utopía o un ideal al cual aferrarse. Si las generaciones actuales no creen ídolos morales de carne y hueso, mucho menos en un dios que nos habla de un “más allá”. Y no creen precisamente, si ello lo visualizamos en correspondencia a una frase inteligente, pero a la vez soberbia y pedante de Octavio Paz. Allá en los ochentas cito de memoria “No ha nacido el hombre que anuncie la aurora del nuevo día”. Lo que nos señala esta enunciación es, la muerte de los referentes de la época moderna y su desenlace en la incredulidad de un mundo mejor y más tolerable. ¡Pero ojo! ello en consecuencia, acarrea una conducta social que se aferra a las únicas posibilidades que le proporcionan las condiciones inerciales de la vida real, donde se vive viviéndose y el motivo de la cuestión es, primero yo y al último yo.

Un yoísmo tan acendrado que por ello mismo, es difícil que tenga semejantes precedentes en la historia de la humanidad. El yo penetra en todas partes, en todas las instituciones sociales y culturales que norman el comportamiento humano y por lo mismo, en la conciencia alienada como se diría en el marco de un discurso del siglo decimonónico. Y algo más de esta conciencia social de los individuos y sus instituciones, sobre el cómo las percibimos o las pensamos. Puede ir desde la mirada de una significación erótica que se hace de ciertos impulsos primarios del cuerpo humano en interacción con otros cuerpos, con ellos, lo natural o animal como necesidad, se transforma en deseos, en algo que ya es meramente humano. El deseo que aunque está, en la matriz de la necesidad, deja de ser un impulso en el momento que le damos reglas y estas en lo esencial, pertenecen al orden de la cultura. En este espacio de ordenamiento simbólico y cultural, es donde las apetencias y deseos egoístas responden a una interpretación muy particular, aquí el deseo ya es un ordenamiento cultural. Sin embargo, esté el orden durmiendo o invernando, soñando el sueño de los justos y debatiéndose tal vez, en un hospital psiquiátrico; salir de ello como un volver a la propia razón o despertar de un profundo encanto, probablemente sea imposible, pero ello implica de por sí, la otra disyuntiva aunque mínima, insignificante al igual que una pequeña rendija o grieta. ¡Ya vendrá la época del nuevo amanecer! Pensado tal vez por mentes privilegiadas, pero construido socialmente. Proseguirá…

Proseguirá parte II.

De cualquier modo, en las condiciones actuales y con la ausencia de tales referentes sólo hay un camino posible, aquel que fluye como inercia en la experiencia de la vida. Y como no es una vida que tenga existencia en otro planeta, sino en el único en el que existe hoy, en el sistema económico de libre mercado y de orden global. Monstruo simbólico de vida económica que agobia a todo mundo por sus enormes sin sabores, o en su defecto, por sus grandes satisfacciones cuando se tiene éxito en la vida real de los individuos. Estas son las verdaderas presiones de la vida efectiva en sociedad y cuando se agudizan al extremo, crean un panorama de caos e incertidumbre, que fácilmente degenera en la lucha por la vida al igual que bestias errantes, proceso donde se va acumulando una multitud de presiones culturales encontradas de todo tipo, biológicas, psíquicas, sociales, económicas o políticas que a su debido tiempo, tarde que temprano estallan en conductas menos que salvajes, a semejanza de una olla de vapor.

La degradación y decadencia de la sociedad occidental no es cosa de chinos, de mexicanos, de europeos o estadounidenses. La podredumbre como es natural, brota por diferentes puntos del sistema, ebullición que proviene de lo más corrupto y perverso que se presenta como algo natural, no deseable pero natural al fin. Este acto concebido con la máscara de lo natural, hace presencia en los espacios sociales y políticos donde se desenvuelve y, se cultiva como en granja, tanto la corrupción refinada como aquella donde emerge lo grotesco de lo nefasto y lo más bajo, en los puntos o intersecciones donde se tocan los poderes fácticos y los poderes políticos.

El saberse vivir en una época y no creer en ella es, una conducta muy generalizada en las calles de cualquier cuidad del occidente moderno. Pensar que se puede salir de pobre con los medios que proporciona esta época, es cosa de otro mundo, también puede pensarse que la democracia es la espada justiciera contra las corruptelas, raterías o la trama perversa de holocaustos y genocidios. Vivir en este Mundo y no creer en sus referentes morales como aquella sentencia que dice “se de donde huyo pero no se a donde voy”. Por lo que el no creer es, el no creer en la moral de la época moderna, incredulidad que implica de por sí, una ruptura y alejamiento en torno al mismo proyecto de humanización de la razón ilustrada. El desencanto de las utopías liberales y socialistas  representadas por la Ilustración, soltó las amarras y a rienda suelta, surgió la tecnocracia para ascender al poder político con sus ideas también enmohecidas, con su sonsonete centenario del mercado libre. De tal modo, se acercaron las ideologías hasta contaminarse unas a otras y ello, repercutió inmediatamente en el aumento de las corruptelas llevadas a cabo en los  diferentes poderes, desde los globales hasta los locales. Y tal parece que cumplen la regla de moverse en lo turbio y sospechoso, en el ámbito de los impulsos más soterrados que arranca en las relaciones de los estratos más altos del poder político y económico.

Así, la corrupción ha bajado como en una cascada para enquistarse en los diferentes niveles por donde va pasando, al grado de institucionalizar la corrupción, de aceptarla en los hechos y negarla con una moral, en la que casi, ya nadie cree. Esas corruptelas de hecho han sido las comadronas y el inicio de un juego perverso y peligroso que ha desembocado posteriormente, en diferentes formas en que se presenta una violencia desmedida, se manifiesta por ejemplo, en la forma de una guerra atroz, oprobiosa y genocida, lo mismo que en una guerrilla o en una revolución. O puede tomar la forma del narcotráfico local e internacional con todo y sus consecuencias deleznables de terror. Aquí en este punto de horrores, los involucrados se juegan en verdad la existencia de la propia vida, sin tener alguna idea real del porqué se encuentran involucrados. Aquí es precisamente, en estos encuentros con la muerte, donde emerge la pureza de la sobrevivencia humana, el instinto de lucha por la vida a costa del otro y, eliminarlo si fuera necesario.

Por eso es, que el proyecto de la ilustración moderna se presenta en unos lados con la máscara de la democracia y la libertad, verdaderas tapaderas mediáticas de los horrores de guerras estúpidas y xenófobas, como en los casos de Afganistán e Irak o anteriormente en los Balcanes de la Europa del este, en Somalia o en alguna otra región del mundo. Pero también puede presentarse bajo otras características y en otros lugares, como es el caso de los horrores del narcotráfico que padecemos, o las estadísticas macabras de pobreza y muerte por inanición, resultado de relaciones asimétricas de poder económico y político. Por eso es que los horrores de la violencia actual no apuntan solamente a un fenómeno contemporáneo de una paranoia negativa. Esta no sólo es un producto del presente, sí, es claro, muy evidente que en este tiempo se desenvuelve a sus anchas, pero tiene sus orígenes en un pasado reciente, el cual apunta significativamente en el caso de México, a la quiebra del Presidencialismo, de modo que en ausencia de este y, al amparo de la democracia y la autonomía de Estados y Municipios, se desarrolló un proceso de dispersión del poder que terminó con la creación de gobiernos estatales que a la fecha, siguen reproduciendo en mucho, los nefastos vicios del viejo Presidencialismo.

Pero lo verdaderamente paradójico no es el desmoronamiento del poder central por si mismo, sino lo que trajo consigo esa caída del poder político de otrora, si bien es cierto, que en muchos casos se crearon gobiernos autoritarios, populistas o tecnócratas, pero gobiernos altamente porosos, sobre todo los de origen tecnócrata, pues además de ser muy sensibles y desinhibidos para entrar al juego de las componendas y los cochupos, son y han sido por la misma razón, muy fáciles de ser penetrados por los dineros del narcotráfico y en consecuencia, responsables de la violencia galopante, la cual ha crecido en grados alarmantes que los horrores en contra del cuerpo de hombres adultos y jovencitos, de mujeres y hasta de niños inocentes, el descuartizamiento del cuerpo no parece tener un límite al ser exhibido públicamente como en una carnicería, ante los ojos atónitos y miradas encontradas de la ciudadanía juarense, y sobre todo, ante el pudor de los dolientes cercanos.

Finalmente, toda esta violencia se presenta como un mega-circo, como un espectáculo global del entretenimiento a semejanza de una corrida de toros, evento en el que, se satisface algo de nuestros instintos sanguinarios. La cobardía o el valor del torero por ejemplo, juega un papel trascendente en el conjunto del espectáculo, al trasladar esos valores de la acción de torear a la colectividad de observadores, a los que perciben el drama de la vida y la muerte entre el toro y el torero, proceso de traslado que se cumple mediante un ritual de catarsis colectiva, en el espacio propio de las graderías de una plaza de toros, son valores focalizados no en la perspectiva de la personalidad del torero cuando enfrenta una embestida del toro, sino en la perspectiva que se manifiesta en el comportamiento del gran público que se ve en el torero. Se sucede como si fuera un ritual en la constancia de la gritería, de los ademanes, del aplauso o del absorto silencio del colectivo, con o sin signos de admiración.

Pero no olvidemos que todo ese comportamiento perteneciente al contexto de la fiesta brava, conlleva un significado de valores que asume el colectivo en la medida que los legitima y les da una explicación coherente desde su punto de vista. Así, la explicación justifica la conducta como algo que sucede en forma natural, por la lucha en torno a la existencia de la vida, lucha que no es, sino el orden de los valores establecidos para enfrentar la muerte, como en el caso del torero. Esta expresión de entretenimiento como es demasiado obvio, se lleva a cabo en los medios de comunicación modernos. En los espacios electrónicos del llamado espacio “tiempo real”, donde a manera de un ritual se exorciza al animal salvaje que llevamos dentro. Nuestra animalidad en otros tiempos se designaba con otras palabras, con otro lenguaje significativo que miraba nuestra condición primigenia como algo extraño al propio cuerpo, como una entidad misteriosa y en mucho, divina y en lucha con un poder diabólico intrusivo, finalmente porque se posesionaba del cuerpo.

Al igual que una corrida de toros, desde el graderío o ya desde el espacio electrónico de los más media, la violencia de una guerra por ejemplo puede dar un viraje de trescientos sesenta grados, cuestión que puede percibirse en dos sentidos: Por un lado, como un simple entretenimiento, donde a la manera de un juego se elimina al enemigo, como que lo mato y no lo mato. Por ello, lo macabro y lo perverso se transforma en el transcurso del mensaje, se transfigura hasta limpiarse de toda maldad: por tanto, el significado se percibe de otra manera, como algo natural y necesario para la propia conservación de la vida, de la especie humana, pero así también, se percibe el propio acto de la acción humana como un éxito en la lucha por conservar la vida, siempre y cuando se hayan superado ciertos obstáculos fijados previamente. De tal modo, todo aquello oprobioso que deambula alrededor de lo macabro y lo perverso, se transforma en un nuevo significado que bien podría verse como un acto de honor y no como un acto de depredador. En estos tiempos ya no hay necesidad de ocultar lo macabro y lo perverso, se le transforma simplemente para proyectar o crear, un  significado de entretenimiento  para el consumo de las masas modernas. Tal vez sea ello con el fin redentor de culpas a la humanidad.

Como en los circos romanos de la antigüedad a donde iban, tanto el populacho como las élites gobernantes, a es-playar sus instintos más rapaces y sanguinarios, emergiendo como de una somnolencia o de un adormecimiento, despertando como una catarsis de des-inhibición de los impulsos primarios, como una válvula de escape del orden moral, desenfreno en las graderías y posteriormente, un arrepentimiento de la culpa y vergüenza por participar en bajezas animales que son propias del vulgo, aspecto que conseguían en el ambiente del orden moral de sus casas y de sus instituciones sociales y políticas.

Tal conducta se expresa en un discurso correspondiente con esas formas de des-inhibición y presencia de violencia desmedida. Discurso de una escritura que calla y oculta las tropelías de capos como en el caso de nuestra localidad, discurso que toma cuerpo en una mercadotecnia periodística que presta sus servicios a gobernantes y políticos, aquella que al cochupo o al chayote le llaman publicidad, ella crea en fin, un lenguaje que taza todo con los ojos de una numerología. Los números son números que de por sí, se encuentran desligados del significado propio del cuerpo. El individuo de hoy, casi no sabe razonar más que de forma utilitaria y egoísta, el mal que  puede recaer en la lejanía de otras personas, se piensa y se ve como un simple número. El número es la estúpida varita para los medios de comunicación modernos, para comentaristas y periodistas, para gobernantes y políticos de todo tipo; ignorantes e ilustrados, tontos e inteligentes, ladrones y ladrones, porque los honrados pertenecen al reino de la imaginación, no hay honrados y asimismo. El cuerpo además de un número, es aliento, movimiento, luz, sentimiento de un pensar, de un percibir, de un sentir donde adviene el odio o la armonía, la altivez, la medianía o la sumisión; es vida fluyendo hacia un cesar por adelantado, punto en el que se abre para el cuerpo, la melancolía de otros significados. El buen morir; el ocaso de una vida normal, llena o vacía, pero vida que espera con serenidad lo irreversible. El mal morir; una vida truncada por lo inesperado o la fatalidad de un accidente. Y así también, vida truncada por una conducta más que aberrante, al expresar los instintos primarios más negativos, donde parece no haber límite o freno alguno. Proseguirá…

Mario González Plta.

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