Por  Jaime GARCÍA CHÁVEZ./

No quisiera creerlo, pero la terquedad de los hechos termina por imponerse. El gobernador Duarte y el magistrado presidente Ramírez Benítez  fueron a la capital a hacer lo que los jóvenes llaman “un oso”, para no emplear una categoría política técnica.

Olvidando la división de poderes, principio constitucional fundamental, se presentaron ante el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, magistrado Guillermo Ortiz Mayagoitia  para pedirle —si vivieran Otero, Rejón, el mismo Ramírez y Vallarta se habrían infartado— que al emitir resoluciones de amparo los jueces de distrito y magistrados lo hagan poniendo por encima “el interés de la sociedad” y se eviten formulismos legales que beneficien a cierto tipo de delincuentes inodados en secuestros, extorsiones y multihomicidios.

No sé que cara puso el presidente del alto tribunal de la República, pero seguro  estoy que quedó perplejo y probablemente disimuló su asombro ante estos personajes rastacuero. Si Juan Orol viviera, haría con esta anécdota una película llamada “dos provincianos en la Corte” y los funcionarios locales serían las estrellas del casting.

Seguramente ocupado en cargar el maletín —no sé si propio o del gobernador— nuestro presidente del Supremo Tribunal de Justicia no se percató  del dislate de solicitar tal aberración, cuenta habida de que el Poder Judicial Federal  es el garante del estado de derecho, la legalidad y la constitucionalidad por los actos de autoridades que lo transgredan y que, por tanto, no  están al servicio de un “sentir social”, más cuando ese sentimiento es efecto de la expresión de un ejercicio periodístico a modo del gobierno por el chayote imperante, o del rencor de infinidad de víctimas que padecen la impunidad, o   la voluntad de gobernantes como los que tenemos que presionan de manera arrogante porque el juicio de amparo se sepulte, porque no está en su  diccionario sino como un obstáculo o un trebejo, al igual que la presunción de inocencia y el cúmulo de las garantías penales.

Pero no pararon ahí las cosas. Con tal de defender la pena inusitada de cadena perpetua, parece que Duarte y acompañante le propusieron a la Corte por conducto de su presidente “compartir criterios” supuestamente para ir en la misma dirección al dictarse las sentencias federales.

Soy ateo, pero no me queda más que exclamar: ¡Por Dios! ¡Qué estupideces son estas! Que se expenden a diario y  significan que las autoridades contra las que se van a pedir los amparos (fiscalía, policías, jueces y magistrados locales) ya se pusieron de acuerdo con quienes lo van a decretar para que salgan en tal o cual sentido. Entre más se vive más se ve.

Pero no es provincialismo extremo del gobernante, ni ansias de novillero, ni cosas por el estilo. Se trata simple y llanamente de un arrogante autoritarismo que esta a flor de piel del gobernador recién llegado, al que le vendrían bien le leyeran algunos lineamientos del derecho constitucional mexicano y además que se instruya a quienes cuidan su imagen para que no lo expongan a que  haga este tipo de ridículos, que si no fuera por lo delicado de la situación simplemente propiciarían la sonrisa pública benévola por el pintoresquismo que  exhibe el ballezano y su, porque es suyo, presidente del Supremo Tribunal de Justicia del Estado .

Siendo rigurosos, lo que Duarte ha expresado es un afán totalitario, despótico. Solo en gobiernos caracterizados por estas categorías se puede proponer dictar sentencias apegándose “al sentir social” (un par de palabras vacías)  y con “criterios previamente” establecidos entre las autoridades responsables de actos violatorios y desarreglados conforme a la ley y quien debe enmendarlos mediante fallos protectores.

Digo enfático: ¡tengan su sentir social!, que yo me quedo con el orden jurídico que me protege de este tipo de funcionarios que ahora sí  que se tropezaron con su propia túnica. Al paso que van muy pronto pondrán un patíbulo en la Plaza Hidalgo e instaurarán la ordalía, pues que mejor que el Juicio de Dios inmediato por la divinidad cesárea.

El hecho es grave, muy grave.

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