CIUDAD JUÁREZ.– ¿Quién tiene respeto ahorita?…nadie”, dijo Rosario iracunda y molesta, en medio de gritos de dolor y sollozo, para recordarle –a manera de reclamo a su padre- que no habrá perdón para el agente de la Patrulla Fronteriza (Border Patrol) “hasta que se le haga justicia a mi hermano”.

En medio de una muchedumbre conformada por vecinos, amigos y familiares, que llegaron en vehículos y camiones, Sergio Adrián Hernández Guereca fue sepultado esta tarde en el panteón Jardín del Recuerdo, donde paradójicamente lo que menos parece es ser un jardín, sobre una meseta localizada en el extremo poniente de la ciudad.

Más allá, sobre una amplia superficie no hay nada, y apenas se divisa la parte posterior de la montaña Franklin de El Paso al norte y del otro lado, el cerro ‘bola’ y al poniente el Cristo Negro en la parte mas alta de esta ciudad fronteriza, muy cerca de la línea limítrofe que divide a los tres estados fronterizos de Chihuahua, Nuevo Mexico y Texas.

El cortejo fúnebre arribó exactamente a las 15:20 horas, en medio de un ambiente de dramatismo e incertidumbre por la partida de un joven que a sus escasos 15 años, fue víctima en su propio país, por el disparo que salió de un arma de un agente de la Border Patrol.

Un viejo Gran Marquis de color blanco y sin matricula, donde viajaban cuatro jóvenes, y con la música de un narco-corrido, siguió el paso de la carroza que llevaba el ataúd de Sergio Pedro.

‘El Diego’ conducía el automóvil en el cortejo que arribó a la parte superior del cementerio Jardín del Recuerdo, -de reciente creación-, donde decenas de cuerpos han sido ya enterrados en los dominios de la colonia Estrella del Poniente.
-¿Cuál es la fosa?, ¿Cuál es la fosa?, gritó el conductor al aproximarse al área donde sería bajado y depositado el féretro de Sergio Adrián.

Y en medio de ese remolino de gente –en su mayoría jóvenes- y mujeres, apareció Don Jesús Librado, cuyo rostro dibujaba el cansancio y la tragedia de las ultimas horas: El mismo pantalón y camisa de ayer, la barba crecida y un enorme dolor que denotaba su rostro en la partida de su hijo.

A escasos metros, María Guadalupe, la madre del infortunado joven, mantenía su mirada perdida y sus ojos clavados en el suelo, hasta que una de sus hijas le interrumpió para decirle que iban a bajar el cuerpo de Sergio Adrian.
Allí estaban presentes, además de sus padres, todos sus hermanos: Omar y las tres mujeres: Coral, Angélica y Rosario. Solo faltó Maribel, que no pudo viajar de Colorado, Estados Unidos para estar presente, dijo Angélica a El Universal.
Los minutos siguientes 30 minutos fueron indescriptibles en el adiós.

¡Te cargue de chiquito!, ¡Noo!, ¡Noo!, decía don Jesús Librado tomando por uno de los extremos el ataúd, mientras que otra de sus hijas de nombre Rosario –hermana de Sergio Adrian-, se abalanzaba, en sentido contrario, al féretro que fue depositado sobre una base para lo que fue la despedida final, según dijo el chofer de los Servicios Funerales Acosta.
Y no acababan de depositar el ataúd, cuando don Jesús se abalanzo para llorarle a su hijo: ¡Como te dejaron tu ojo!, y luego Rosario: ¡Sergiooo!, ¡Vamos a la casa!, ¡Padre Santo!, ¡Como te dejaron estos méndigos!, dijo su hermana para referirse a los agentes de la Patrulla Fronteriza, quienes dispararon.

Y luego después de pasados los primeros instantes, apareció la madre para decirle a Sergio: “!Levántate, vámonos hijo!, ¡Abre tus ojos padre!, ¡Por ultima vez!, imploró la madre, en medio, ya para ese momento, de un drama colectivo y de sollozos, de familiares y amigos.

De pronto una voz gritó: ¡Levanten a Coral!. Era la hermana de Sergio Adrián que se había desmayado. Volvería a suceder lo mismo al final.

Uno de los allegados a la familia –un hombre de la tercera edad-, dijo a los reporteros que cubrían la despedida: “!Para que vean como sufre la gente, ¡miserables y asesinos!…

-¡Respeten a mi hijo!-, alzó la voz don Jesús Librado. –A todos mis vecinos les pido perdón-, ¡Yo lo perdonó a él!, se refirió al homicida de su hijo, lo que arrancó una sorpresiva respuesta de su hija Rosario que gritó ¡Yo no respeto a nadie!.
-No pidas perdón para él papá.
-¡Habrá justicia divina!, le respondió su padre.
-¿Quién tiene respeto ahorita?…!nadie!, expresó en un exabrupto, en medio del dolor y el llanto que parecía consumirle su rostro. –¡Nooo!, no habrá perdón hasta que se le haga justicia a mi hermano-, dijo.

Por unos cuantos segundos los gritos entre los presentes se multiplicaron en medio de esas tierras desérticas, y al unisonó se escuchó: ¡Que se le haga justicia!…

Otra mujer, también entrada en años, dijo que su hijo estaba en una cárcel de Otero, y que había sido detenido injustamente por agentes de la patrulla fronteriza. Las autoridades del otro lado, lo habían acusado de que había agredido a tres.
¡Mi tío!, ¡Mi Tío…!, rompió en grito y llanto otro joven. Tenia uno menos que Sergio Adrian. Era su sobrino Gustavo Pereyra de 14 años, que durante toda la media hora estuvo llorando, y que en tres ocasiones fue sacado por un grupo de amigos a petición de su madre.

A los diez minutos de la despedida, un grupo de músicos, con acordeón y guitarra en mano, empezaron los cánticos de alabanza para intentar hacer mas fácil el el último adiós: ¡Jesús viene en las nubes su iglesia a levantar…”

-¿Porque lo mataron mamá?, le preguntó Gustavo a su madre, que intentó calmarlo, en medio de un lloro imparable y un cuerpo que se quebraba y que languecía al compás de los movimientos. Parecía desfallecer, pero su madre lo tuvo que apretar a su pecho, y luego le dijo quedamente:
– Por malos hijo-.

…Yo tengo una corona allá en el cielo…Alabare y otros cantos, se escuchaban en la despedida final.
Varias camisetas de color blanco con la leyenda ‘In Memory of Keko’ –como le decían sus amigos a Sergio- aparecieron.
La última vez que intentaron retirar a Gustavo –cuando el ataúd fue bajado a la fosa- y a la que parecían querer lanzarse sus hermanas Rosario y sus padres, Gustavo, asido de los brazos por dos de sus amigos dijo:

-Indio: ¡Mataron a mi tío Keko los pinches batos!. ¡Dime que no es cierto guey!, ¡No puedo estar sin él!, siguió llorando el menor.

Atrás, a unos cuantos metros, se escuchaban las paladas y la nube de tierra.

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