Por Manuel BARTLETT DIAZ./ 10 Feb./

La salida de Carmen Aristegui del aire, por lo que representa, es signo ominoso para la libertad de expresión y el derecho a la información. Su sensibilidad para analizar problemas políticos y sociales de interés público; su trabajo acucioso de investigación de los temas; su capacidad para entrevistar con agilidad, para evitar subterfugios, respuestas imprecisas, exhibir incoherencias, pero sobre todo, su independencia y autenticidad le han valido ser ejemplar.

Desde luego estas habilidades no sólo incomodan, implican denuncias que exigen respuestas comprometedoras para los poderes políticos y económicos. El silenciamiento de Carmen Aristegui despoja a la opinión pública de información que alerta, que profundiza en la realidad nacional, crea un vacío. En 2009 W Radio, después de seis años, no le “renovó” el contrato por presiones evidentes; Televisa, propietaria de la estación, endosó el despido a PRISA, empresa española asociada, evidenciando violación a la Ley de Radiodifusión, que prohíbe la intromisión de inversión extranjera, llamada neutra, en la política de los medios electrónicos, obviamente Gobernación no se dio por enterada. Ahora fue despedida por transgredir un código de ética, que sería fundamental conocer, ya que en muchos países son públicos.

Se le cesó intempestivamente, lo que se atribuye a que el pasado viernes, Aristegui se refirió a la colocación de una manta en la tribuna de la Cámara de Diputados por legisladores del PT, en la que imputaban alcoholismo al Presidente. Aristegui comentó: “No es la primera vez que se habla de este tema”, por ejemplo Castillo Peraza lo denunció en carta publicada en Proceso. Aristegui sugirió a la Presidencia aclarar este problema.

Lo dicho, no transgrede el derecho a la información, no “convirtió un rumor en noticia”, comentó un evento de la Cámara de Diputados, sin duda noticia por el lugar y la suspensión de la sesión. Desde luego, el tono y tema de la manta irritó a muchos, lo que es respetable, pero no le quita lo noticioso. TV Milenio comentó el suceso y exhibió en la pantalla la manta con todas sus letras, descalificó la acción; Televisa lo comentó sin exhibir la manta, no informó su contenido. Muchos medios narraron el episodio, ¿violaron algún código? ¿Milenio, Televisa? ¿Por qué Carmen Aristegui sí? ¿Castigo ejemplar? ¿Se indignó el Presidente o algunos oficiosos? Es increíble que MVS, que valientemente contrató a Aristegui —pese a su aislamiento persecutorio—, haya despedido a su valiosa periodista en talento y rating, conociéndose la discrecionalidad con la que se otorgan concesiones, vulnerabilidad de los radiodifusores, salvo favoritos.

Escudriñar la vida de los gobernantes es común en las democracias, considerándose indispensable conocer las peculiaridades de quienes gobiernan afectando la vida de todos. La publicación de las “debilidades” de Bush hijo, las exhibiciones de notables por el periodismo inglés, no generaron despidos. En México —presumen— se acabó el presidencialismo reverencial, y la libertad de expresión y el derecho a la información tienen como restricción el derecho de los demás, pero la Ley de Responsabilidad Civil establece que los servidores públicos tienen limitado su derecho al honor, a la vida privada y a su propia imagen como correlato de sus funciones, sometidas al escrutinio público. Las personalidades públicas deben resistir mayor nivel de injerencias en su intimidad que los particulares, porque aceptan necesariamente el riesgo de ser analizados. Así lo consideran resoluciones del Poder Judicial.

La Asociación Mexicana del Derecho a la Información convoca a los actores a reconsiderar, con razón, esperemos. En un México agobiado en la incertidumbre, deslizándose hacia un predominio policiaco militar, vulnerar la libertad de expresión es peligroso. El tema Aristegui está ya en las redes sociales en el mundo, como Egipto.

correo: mbartlett_diaz@hotmail.com

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