Por Guillermo TERRAZAS VILLANUEVA./

De Agenda Privada./

El tema que más abruma a la sociedad mexicana es la violencia que se ha enseñoreado prácticamente en todos los rincones de nuestro país, -y no se diga en el norte-, muy especialmente en la zona fronteriza colindante con el país que mayor demanda tiene de drogas para satisfacer a sus varios millones de adictos.

Luego de un resultado electoral bastante cuestionable, el primero de diciembre del 2006 asume la titularidad de la Presidencia de la República el michoacano Felipe de Jesús Calderón Hinojosa. Y lo hizo en medio de una “cena de negros” en el Palacio Legislativo de San Lázaro, sede del Poder Legislativo Federal. El hoy Presidente no pudo entrar por la puerta principal. Accedió por la trastienda en el marco de una arrojada y riesgosa decisión del Estado Mayor Presidencial.

Sintiéndose cuestionado por cuanto a su legitimidad, intentó lograrla dando un aspavientoso golpe de timón al ordenar al Ejército y a las fuerzas policíacas federales iniciar una guerra al narcotráfico.

De entrada esa medida fue, en términos generales, bien vista por los sectores activos y se llegó, incluso, a aplaudir esa decisión. Más del 80% de quienes en aquellos días fueron encuestados expresaron su beneplácito y aceptación por la estrategia implementada.

Pero del gozo inicial se cayó al pozo del desencanto social. Hoy la perspectiva ciudadana en su inmensa mayoría cuestiona con acritud el desarrollo de los cada vez más osados y sangrientos acontecimientos.

Baste ver los números que engloban esa guerra anti narco.

De principios del 2007 a finales del 2010 van alrededor de treinta mil personas que mueren violentamente en el marco de esa guerra que declaró el Gobierno Federal a un enemigo que sale de las entrañas sociales, hace sus diabluras y vuelve a internarse en el tejido comunitario buscando pasar desapercibido.

Hace poco menos de tres semanas, la prestigiada empresa Consultora Mitofsky reveló lo que sus encuestadores detectaron que un 77 % de los entrevistados estiman que esa guerra de Calderón contra el narco está muy lejos de ser ganada y consideran que es un conflicto de antemano perdido.

Vale la pena destacar que hace apenas cinco meses -junio para ser precisos- una encuesta similar reveló el que la mitad de los entrevistados apoyaban la decisión y vaticinaban la victoria gubernamental frente al narco y la otra mitad opinaba precisamente lo contrario.

El propio Calderón aceptó hace unos tres años que “calculamos erróneamente la profundidad y amplitud” del problema. Y lo hizo ante el ex Presidente del gobierno español, el ultraderechista José María Aznar.

Pero don Felipe sigue sin modificar su decisión pese a que en su fuero interno prevalezca la idea de que el camino adoptado no es precisamente el más idóneo ni el más práctico, pero no se atreve a modificar la estrategia que ha teñido con sangre buena parte del territorio mexicano y ha propiciado que toneladas de lodo y estiércol se lancen desde diferentes partes del mundo contra México, contra Chihuahua y en particular contra Ciudad Juárez.

Un hálito de esperanza impregnó el corazón de los juarenses cuando por sus principales calles desfilaron en marzo del 2008 cientos de vehículos de transporte de tropa con personal castrense perfectamente armado. Comenzaron los patrullajes de día y de noche pero a la par crecieron las protestas de algunos sectores fronterizos.

La situación parecía que iba mejorando un poquito cuando se adopta la determinación de sustituir a la milicia por personal de la Policía Federal.

Fue entonces  cuando comenzaron a complicarse aún más las cosas porque brotaron como hongos las querellas de juarenses que afirman haber sido objeto de vejaciones y atracos por parte de algunos de los uniformados de azul que patrullan a mañana, tarde y noche todo el territorio urbano de Ciudad Juárez.

Ciertamente sería injusto el no reconocer el que han dado algunos buenos golpes contra las redes delincuenciales, pero han dejado mucho que desear por la inmoral conducta de algunos elementos.

Ni más, ni menos.

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