Por Sergio Armendáriz./

El regaño es propio de una actitud de reprensión al comportamiento infantil  reprobable, indeseable por inmaduro e irresponsable. Regañar es asumir la condición de superioridad vital, psicológica y moral, que incluso obliga al adulto a “educar” al menor de edad, sea éste, un sujeto literalmente infantil o figurativamente infantilizado.  Es siempre una relación asimétrica de poder, en la cual hay un sujeto que se concede la legitimidad de “marcar rumbos” para la acción “correcta” en algún sentido de escenarios sociales o institucionales.

Ha generado un fuerte ruido de cuestionamiento, el tono “regañón” de Fernando Gómez Mont, Secretario de Gobernación actual del Gobierno Federal, que se presentó últimamente en Ciudad Juárez con un discurso pretendidamente enérgico y que muy probablemente se tradujo en los hechos en una pieza de habla con remembranzas de nostálgico tufillo autoritario. Es también una realidad el hecho de que el Estado mexicano, a pesar de su refrescamiento logrado a partir de la alternancia federal en el poder en el año 2000, ha mostrado una especie de culpabilidad histórica sembrada desde el emblemático año de 1968, con el fenómeno represivo explotado en la Plaza de las Tres Culturas, el célebre asunto identificado como “Tlatelolco 68”.

A partir de ese evento traumático para la conciencia –y también para el inconsciente- colectiva del imaginario nacional, el discurso autoritario del régimen de poder mexicano entró en franco deterioro y en una especie de absoluto recato pudoroso, que si bien le ganó simpatías democráticas o críticas, a la vez le restó capacidades de expresión y acción políticas.

La “mala conciencia” producto del “68”, convirtió paulatinamente al autoritario y justiciero padre revolucionario, en, parafraseando a Octavio Paz, un viejo ogro habitante de la impotencia culposa, llevándolo lingüística e ideológicamente del grito estentóreo al silencio medroso y mendicante; trayectoria psicoanalítica que fue del hijo inocente, agradecido y esperanzado, pasando por el ánimo parricida en experiencia original violenta, al estado de orfandad tribal sin referentes de control y contención simbólica bajo el auspicio del perdido “nombre del padre”.

Así que dada esa lógica histórica apenas perfilada en este espacio de opinión, Gómez Mont o cualquier otro catalizador del poder estatal, se verá en serios problemas al asumir un rol discursivo emergido de semejante impronta psíquica. En México prácticamente le está vetado al poder estatal, en una forma rara de censura digna, alzar la voz en contra de causas consagradas por las reivindicaciones de una democracia  de grupos de poder disfrazados como supuestos agentes de cambio social.

El nítido mensaje editorial de ayer expresado en las páginas de El Diario, es muy consistente con el acotamiento inteligente que debe de ponerse a un discurso autoritario oficial que hace tiempo murió para los alcances de la inteligencia democrática de Ciudad Juárez.  Sin embargo, creo que es preciso delimitar los modos diferenciales que los medios tienen para representar la comunicación de lo que se llama “hechos”.  La letra impresa, indudablemente para el segmento ciudadano lector, abre perspectivas de entendimiento y reflexión que construyen opinión pública informativa y formadora de la conciencia colectiva fronteriza.

En contraste, algunos medios audiovisuales especialmente, por el poder de impacto perceptivo que el medio contiene como tal, influyen más en la dimensión subliminal que en la apelación a la inteligencia reflexiva. Es así que hoy en Ciudad Juárez, la sangre corre a borbotones con singular lujo de detalles en algunas pantallas que usan sus muy propios y legales espacios mediáticos, sus empresas informativas y publicitarias que las sustentan, para generar lo que me permito llamar una percepción de “adicción al morbo”, seguido por un consecuente “efecto imitación” que “normaliza” y hasta hace atractiva de manera perversa a la canallada criminal, otorgándole los minutos más que suficientes de una exposición masiva de fama anónima y grotesca.

Cierto, el discurso de autoritarismo desvencijado de Gómez Mont es patético, tanto como el rating lucrativo de la sangre a borbotones en TV, sin embargo, sospecho que éste último también es nefasto, no solamente ridículo.

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