Por Jaime GARCIA CHAVEZ./
Una lucha espontánea encarnó en Chihuahua. Se resiste con el fuego envolvente de las veladoras cercando  el palacio del poder que ha hospedado, a un mismo tiempo, el autoritarismo tiránico, el desinterés por las causas que vulneran al pueblo, la ineficacia, la impunidad y la corrupción. Lo que Miguel Hidalgo llamó sintéticamente “el mal gobierno”.
La muerte de Marisela Escobedo Ortiz volvió a convocar la voz de los poetas y el lenguaje rebelde de la pintura. En el palacio hablan el peruano César Vallejo, José Emilio Pacheco nuestro gran poeta viviente, y la plástica de Pablo Picasso  con su denuncia de la barbarie en su  Guernica de 1937, a la hora del efímero esplendor de fascismo.
Algunos de los que visitamos la plaza casi diario, nos propusimos diseñar un mural apoyados en la obra  del pintor nacido en Málaga, adosado a un poema de Pacheco y con la leyenda “Marisela vive”, porque en realidad renovó por una especie de alquimia y concepción invernales y su vitalidad y con su dolor por la muerte de su hija Rubí, recobró muchas hijas e hijos que ya nunca la olvidarán. Al igual que la Antígona que inmortalizó el gran Sófocles.
El colectivo examinó el Guernica  y no batalló para encontrar el detalle que está justo a su izquierda y representa a una madre lanzando un grito desgarrador con una hija/hijo muerto y entre sus brazos. Una muerte provocada por la sinrazón, generada por los enemigos de lo mejor de nuestra cultura y adictos al atropello para imponer con sangre su falsa verdad. Arriba de esa madre está la figura del toro que nos recuerda al de las grutas de Altamira, con su rostro animal y humano embravecido e impaciente por embestir la fuerza bruta de la injusticia.
A ese detalle agregamos un texto de Pacheco. Escogimos entre tres de sus grandes poemas: uno llamado “El lugar del Crimen”. Es una prosa poética que refiere una queja por la injusticia de todo, una duda incontestable acerca de cómo sería nuestra vida sin aquel crimen. También con dolor y coraje, escudriñamos este que transcribo y que forma parte del poemario  Las ruinas de México (Elegía del retorno). Helo aquí:
Esta ciudad no tiene historia,
sólo martirologio.
El país del dolor,
la capital del sufrimiento,
el centro deshecho
del inmenso desastre interminable
Y nos decidimos por transcribir este que forma parte del cartel y se tomó de  El reposo del fuego.
No humillación ni llanto: rebeldía,
Insumiso clamor. Toma la antorcha.
Prende fuego al desastre.
Y otra hoguera
florezca, hienda el viento
Melodía, presagio incandescente,
Inminencia total de vida y muerte.
Con estos elementos hicimos nuestro cartel.
Un día pegamos en el muro trasero del palacio de gobierno, el primero. Al día siguiente, otro en su frontispicio y dos más en la Plaza Hidalgo.
Al tirano no le gustó nuestra acción. Ofendió su chato principio de autoridad. Ordenó retirarlos y lavar canteras en actitud de quien realiza un exorcismo. No le agradó ni esta pintura, ni esta poesía, ni su mezcla cartelera. Por algo será. Al igual que  en su tiempo tampoco gustaron ni a Hitler, ni a Franco, ni a Díaz Ordaz. ¡Por algo será!

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