Por Sergio ARMENDARIZ DIAZ./ 02 feb./

El problema radica fundamentalmente en lo que podríamos llamar la ética periodística, dado que hoy la amenaza de censura no radica en la presión por parte de un Estado totalitario o autoritario que atente en contra del liberalismo de pensamiento y opinión que el ejercicio periodístico en un régimen democrático manifiesta.

Hoy, el principal obstáculo está dentro de la misma empresa que emplea al profesional de la comunicación, dada la circunstancia de conversión fundamental de la empresa de comunicación en un negocio que exige determinado nivel mínimo de ganancias para su reproducción como casa comercial vinculada al oficio de producción de información y opinión pública.

Hoy, los periodistas se convierten en una especie variopinta de intelectuales orgánicos que sirven al patrón con distintos grados de lucro personal. La comercialización de la información y su conversión en mercadotecnia publicitaria, vicia de origen a la posibilidad misma de existencia de la auténtica libertad de expresión; la hegemonía del espíritu de facción también predomina en la producción periodística mexicana, lamentablemente la deshonestidad intelectual es la consecuencia lógica de un oficio noble que se reconvierte en una pieza de engranaje de legitimidad de intereses de facto.

El secreto periodístico no puede ser viable en una circunstancia donde domina el interés de tribus de poder, mezcla abigarrada de empresarios, burócratas, legisladores, políticos, funcionarios, sindicalistas e incluso delincuentes, entre otras especies de agrupaciones con reflejos de mafiosería. La atmósfera mental, lingüística y discursiva, no es la mejor ni mucho menos para generar el trabajo intelectual que requiere una comunidad tan maltrecha en lo social, lo político, lo económico, lo cultural y lo simbólico como lo es el país y de manera destacada Ciudad Juárez.

El secreto periodístico en la inmensa mayoría de los casos no responde a una convicción profesional, sino más bien a una ofrenda lucrativa para tributar servilmente a la marca del amo.

Aquí como en tantas otras actividades de nuestro medio público, el problema, la tara de fondo radica en la inexistencia de procesos institucionales de profesionalización del periodista o comunicador. Lo que tenemos realmente son organizaciones que se montan en viejas y gastadas formas corporativas de incrustación en las fuentes generadoras de presupuestos y poder, donde incluso las organizaciones representativas de los periodistas se oficializan a tal grado que se degradan en aparatos apéndices de ruido puramente burocrático, en donde el secreto es fundamentalmente una pieza estratégica de reproducción de complicidades de intereses de grupo.

Es necesario transitar de las dinámicas de agrupamiento tribalizadas, hacia formas de organización institucionales. Dar el brinco por fin a esquemas de manejo objetivo de los bienes públicos, la información social uno de ellos, superando el atraso patrimonialista de reducir lo que es colectivo a ambiciones particulares. Para eso es indispensable cumplirle al periodista con salarios dignos, con esquemas de protección en la seguridad social y por supuesto con promoción de habilitación y capacitación continuas para el mejor desempeño de un oficio que resulta tan decisivo para la construcción de las narrativas que advierten, explican e inducen al desarrollo del progreso social, pasando por la estimulación liberal de la inteligencia individual. En otras palabras y de manera contundente, el camino se traduce en una simple expresión: profesionalización.

No hay duda de que existe conocimiento, capital organizacional y experiencia personal que poner en juego para favorecer la libertad de pensar, expresar y opinar públicamente en las comunidades de periodistas y comunicadores de Ciudad Juárez y el resto del estado, obvio, del país entero, sin embargo, si no se favorece este proceso de profesionalización indispensable no se verán resultados prometedores en este liberalismo de la inteligencia y la opinión publicables.

El secreto en el periodismo sirve para alentar la construcción sana de lo público, por supuesto para preservar al periodista mismo, al comunicador en su condición de persona vulnerable a los intereses fácticos que siempre presionan para obtener legitimidad en su ilegalidad. Insisto, sin embargo, la secrecía periodística no puede ser moneda de cambio de ejercicios mafiosos, ni supeditarse a las veleidades odiosas de la marca del amo entendida como servilismo incondicional.

El secreto no debe ser velada “omertá” de silencio pactado por espíritu mafioso, por el contrario debe ser contención inteligente y quizá provisional de información que aliente la vida republicana y democrática. El respetable oficiante del reportaje y también del editorialismo, necesitan empezar a pensar en serio en su proyección de servicio a la inteligencia y sensibilidad ciudadanas que reciben su producción profesional, claro, pensando en que se ganan y cuentan a diario, con el tratamiento laboral digno, que les permita ejercer su actividad sin la angustia de la penuria degradante de una reproducción esclavizada de la vida propia y la de los suyos.

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